Han pasado 16.436 días desde que la violencia irracional del fascismo convirtió todos los 11 de septiembre en días grises. Han pasado 45 años desde que Pinochet dio la orden de fuego y desde que Salvador Allende resistió los embates de la violencia desmedida por las ansias de poder de la derecha en Chile, dejándolo muerto, a él y a miles de mujeres y hombres que fueron perseguidos, torturados, asesinados, desaparecidos y exiliados.

 

2.279 muertes en manos de fuerzas de seguridad fueron reconocidas por el Informe Rettig, realizado por la Comisión de la Verdad y Reconciliación, en 1991, que solo contabilizó ejecuciones y desapariciones durante la dictadura de Pinochet. En 2003, se amplió esta información, y la Comisión Valech reconoció a más 30.000 víctimas, siendo 28.459 por detenciones ilegales, tortura, ejecuciones y desapariciones. El segundo informe de esta comisión se dio a conocer en 2011, ahí la cifra aumentó a 40.018.

 

Es preocupante -pero no sorprendente- que en la esfera pública aún prevalezca un discurso negacionista que no se atreve a pronunciar estos hechos de forma clara, directa y con las palabras adecuadas. Desde hace mucho tiempo que se ha intentado poner una venda en los ojos de las nuevas generaciones en materias de memoria y Derechos Humanos, antes que la verdad, y un parche curita minúsculo para tapar la herida y el dolor de miles de familias que aún buscan a sus seres queridos.

 

Hoy, los medios de comunicación insisten con tener una programación normal, contenidos burdos en los matinales y noticias misceláneas, para olvidar, para seguir con la vida, a pesar de que esta fue arrebatada de la mano de muchos y muchas. Continúan presentando a figuras cuya opinión no hace más que incitar al odio y violentar la memoria de estos hombres y mujeres que fueron eliminados de la faz de la tierra sólo por pensar distinto, por creer en la revolución,  por soñar con un mundo mejor, libre del yugo opresor del fascismo que tanto daño le ha hecho a nuestra historia.

 

Los medios de comunicación tradicionales y hegemónicos tienen una deuda histórica con las víctimas y los y las sobrevivientes de la dictadura, así como con sus familias, quienes, como cada año, encienden velas y claman por una justicia que, por más que pasa el tiempo, aun no llega. Es preocupante que a 45 años de uno de los días más oscuros de la historia de Chile, los medios de comunicación no hagan un real esfuerzo por hacer ejercicios de memoria y por re-contar la pena que carga todo un país.

 

Es urgente y necesario que los medios de comunicación cuestionemos y construyamos un relato real y con palabras concretas en torno a las ausencias, las desapariciones, las muertes, torturas, violaciones y agresiones sexuales a las cuales fueron sometidos miles de chilenos y chilenas. No puede quedar en el olvido. Si lo olvidamos, habremos fallado en nuestra labor como comunicadores y comunicadoras. Habremos incumplido una de las promesas más importantes que guardamos en nuestro corazón, por los y las que sobrevivieron, por los y las que ya no están, y por nosotros y nosotras que seguimos soñando con un país mejor.

 

La objetividad del periodismo es una ficción que ha hecho mucho daño en la forma en la que se cuenta la historia, y ha sido avalada por los medios que se encargaron, durante décadas, de construir un relato ficticio sobre lo que estaba ocurriendo, basado en la mentira y la omisión. Asimismo, la burocracia característica de la institucionalidad chilena, no ha hecho más que extender plazos y remover los ejercicios de memoria constantes. Sin duda, para una parte de la sociedad la única opción viable es omitir, olvidar y seguir, pero esa salida es la que, como medios de comunicación, no debemos permitir.

 

Un día como hoy, es necesario que nos preguntemos “¿qué podemos hacer?”, y también “¿qué nos queda por hacer?”. Está en nuestras manos que la historia triste de Chile no sea olvidada ni sepultada por quienes siempre han intentado callar a las voces rebeldes y racionales que soñaron -y que soñamos- con un país libre. Es el deber de las y los comunicadores seguir cuestionando y buscando formas de construir nuevas instancias de memoria colectiva y de aprendizaje, instancias para abrir el diálogo y curar esa herida abierta que aún no logra sanar en nuestro país.

 

Hoy, 11 de septiembre, agradecemos a todas y todos los periodistas y comunicadores que contribuyeron a la resistencia de los medios de comunicación en la dictadura. Que pusieron su pecho frente a las balas, enfrentaron las torturas y la muerte para llevar la verdad y la justicia a todos los rincones de Chile, en donde alguien esperaba esa señal para no dejar de creer.

 

Gracias por dejar el corazón entre las letras, escritas con tinta y rebeldía. Gracias por comunicar hasta que las imprentas fueran clausuradas, hasta que las radioemisoras dejaran de funcionar, hasta que las grabadoras no tuvieran más cinta. Gracias por crear un precedente para el ejercicio democrático del periodismo, que, hoy en día, necesitamos más que nunca.

 

Equipo Editorial Revista Bello Público
Fotografía: Andrea Valderrama Y.

 

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