Editorial RBP edición #82

Hay un síntoma que inunda la estadía universitaria con la llegada del invierno a las diferentes facultades e institutos de la universidad. La llamada "pera", confundida con la frustración y la rabia es un sentimiento extraño. Es un tema difícil de tocar entre tus compañeras y compañeros más allá de la broma.

Mientras se ritualiza el "cómo estás" como una pregunta de protocolo, en redes sociales la prudencia no existe al sacarnos los ojos si de comentarios se trata. Las palabras con cariño, esas que nadie suele enunciar, duelen porque resulta molesto llegar a ese nivel de intimidad.

La situación es cotidiana: somos del mismo territorio y nos convertimos en desconocidos. Somos personajes extraños, de corporalidad sumisa y entregados a la existencia que determina cada espacio. Los trabajos de infinitas páginas, el agotamiento físico y la lejanía con la familia, nos terminó por enajenar de ese todo al cual "pertenecemos".

Pero observemos con minucia la correspondencia a ese llamado nosotros. ¿Somos comunidad o esa palabra se convirtió también en un artificio discursivo? ¿Qué construimos día a día y con quiénes nos relacionamos? ¿Para qué participamos?

El panorama luce deprimente, alejado de esperanza. El silencio crece. Algo nos pasa como Universidad de Chile, hay algo que no nos está haciendo sentido. Vemos lejana la organización estudiantil, la decepción nos ha inundado y las ganas de llorar nos han avasallado. El sistema y sus juegos están logrando matarnos.

El ranking, ser los mejores, la mochila del exitismo logró la proeza de culminar momentáneamente con la energía de esa juventud soñadora, que cree, se enternece y no se paraliza ante los temores, sino que lucha.

¿Nos han derrotado? No. Las nuevas generaciones, esas que despiertan su convicción con esta revista y descubren el mundo a través de cada relato, imagen e ilustración están vivas y sin miedo. El cansancio puede ser producto del trabajo, pero es muy distinto, confundir la desesperanza con el abandono.

Basta del desgaste, de la ignorancia por el otro y el silencio decadente. Quiero volver a ver la alegría, no esa que nos prometieron, sino la nuestra, la que depende de nosotras y nosotros, esa que tiene vocación de placer y goce colectivo. Deseemos y sintámonos portadores de esa alegría que quiere dejar de sentir angustia en el pecho y construir dignidad con las manos.+

Por Javiera López Layana, Directora Revista Bello Público

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