“Universidad de Chile” es un título que define a dos instituciones: una casa de estudios y un equipo de fútbol. El vínculo que históricamente los unió hoy no existe; sin embargo, los hinchas siguen soñando con que la Casa de Bello se reconcilie con el proyecto social y deportivo que dejó atrás.

Por Michelle Martínez C.

Fotos por Asociación de Hinchas Azules

“El fútbol, fuente de emociones populares, genera fama y poder. Los clubes que tienen cierta autonomía, y que no dependen de otras empresas, están habitualmente dirigidos por opacos hombres de negocios y políticos que utilizan el fútbol como una catapulta de prestigio”. La crítica, tan cierta como visionaria, fue hecha en 1995 por el escritor uruguayo Eduardo Galeano. Más de dos décadas después, en un pequeño resto bar de Santiago Centro, Andy Zepeda, presidente de la Asociación de Hinchas Azules, relataría un panorama dolorosamente similar:

 

-El club de fútbol con el que sueño, yo creo que es imposible de lograr- señala resignado.

 

La ambición de Zepeda es grande: devolver la “U” a su gente, pero su anhelo suena casi utópico. Por ley, todas las decisiones administrativas del plantel se hacen puertas adentro, entre las paredes de la sociedad anónima Azul Azul. Esto tras la deuda de más de 5 mil millones de pesos que significó la quiebra del club deportivo en 2007, año en que el holding dirigido por el empresario Carlos Heller tomó las riendas y comenzó el camino a la privatización.

 

Pero no siempre fue así, hubo un momento en que el equipo azul no dependía de decisiones empresariales y quienes se hacían cargo era gente de su propia casa, la Casa de Bello. El vínculo comenzó en 1919, cuando la Chile crea su Federación Universitaria de Deportes (FUD). Su presidente, Arturo Flores Conejeros, inició las gestiones para incorporar a un naciente equipo pelotero a la Asociación Única de Fútbol de Santiago. Luego, en 1927, la federación evoluciona a una sociedad llamada Club Universitario de Deportes de Chile (CUD).

Dos años después, el CUD se fusionaría con la Federación Deportiva de la Universidad Católica. La unión duró sólo cinco años, debido a que los estudiantes de esta casa de estudios se retiraron para formar su propio equipo de fútbol. Así nace el Club Deportivo Universidad de Chile, un plantel que estaría estrechamente ligado a la casa de estudios tanto en temas financieros como valóricos. Tiempo después vendrían triunfos, la “U” se alzaría con su primer campeonato en 1940, para luego vivir los años del recordado “Ballet Azul” donde el club aportaría con ocho jugadores a la Selección Chilena durante el mundial del ’62 -año en que Chile figuró con un satisfactorio tercer lugar-.

 

Pero los triunfos no fueron casualidad. En 2016, el periodista Guillermo Acuña demostró que esta época dorada sería la cosecha de un proyecto de fútbol social que diez años antes se vivió en el club. Al alero de la Casa de Bello, el eje para formar a los futbolistas era la educación, era obligación que los pequeños estuviesen matriculados en un colegio o liceo, y si les iba mal en los estudios, se les suspendían los entrenamientos hasta mejorar las notas. Las investigaciones de Acuña en su libro “Ballet Azul: orígenes y referentes” dieron a conocer que los niños que se formaron en este contexto fueron los mentores de jugadores históricos como Leonel Sánchez y Carlos Campos.

 

Los seis títulos conseguidos entre 1959 y 1969 se debieron a este proyecto de club comunitario, donde participaron visitadoras sociales, psicólogos y profesores en la formación del primer equipo de futbol oficial del Club Deportivo Universidad de Chile: los precursores de lo que luego sería el Ballet Azul.

 

 

 

La separación

 

Otra persona que soñó con hacer de la “U” un club social fue Salvador Allende. Durante los años 60, el Club Deportivo Universidad de Chile se hizo presente en la Unidad Popular a través de José Tohá. Ministro del Interior y de Defensa, el “Flaco” Tohá era un ferviente hincha del equipo futbolero de la casa de Bello. Este fanatismo y el deseo de tener un estadio propio que agrupara todas las actividades sociales y deportivas de la Universidad de Chile, llevaron a que el director del Club de esos años, Emilio Torrealba, pusiera en marcha un proyecto de estadio junto al arquitecto Miguel Lawner, también hincha del equipo y director de la Corporación de Mejoramiento Urbano (Cormu).

 

Pero el sueño de Allende era mucho más grande. El campo deportivo de la Universidad de Chile estaría en el corazón de la Villa San Luis, uno de los proyectos iconos del gobierno de la UP que consistió en la construcción de 1.038 viviendas sociales para los pobladores de los campamentos ubicados en Las Condes. Para septiembre del 1973, el proyecto de la casa de la “U” ya estaba listo, el estadio tendría una capacidad de quince mil personas, serviría como sede de escuelas deportivas gratuitas para la comunidad de la Villa, tendría una piscina, multicanchas y camarines. Todo en pleno corazón de Las Condes, entre la clase más acomodada del gran Santiago.

 

***

 

11 de septiembre de 1973. Los aviones de la Fach bombardean la Moneda y la dictadura irrumpe violentamente en los organismos públicos: José Tohá y Miguel Lawner son llevados a los campos de concentración de Isla Dawson, la Universidad de Chile, tanto la casa de estudios como el club deportivo, son intervenidos por militares; y durante la rectoría del general Agustín Toro Dávila, se designa al abogado Rolando Molina como presidente de la rama de fútbol del Club Deportivo Universidad de Chile.

 

“Robando” Molina como lo llaman peyorativamente los hinchas azules, era un férreo opositor a Salvador Allende, ex director de Radio Agricultura y responsable de sepultar el vínculo entre la Casa de Bello y la “U”; cambiando para siempre la suerte del equipo futbolero. Según las investigaciones del periodista Cristopher Antúnez, durante su gestión se perdió un gran patrimonio que era propiedad del plantel, como las piscinas de Independencia y Los Leones, además del centro invernal de Farellones.

 

“Él (Molina) empieza a administrar el club y la Universidad ordena que ningún funcionario de la casa de estudios puede ganar más que un decano. Los jugadores de fútbol ganaban mucho más que los decanos, entonces se empiezan a limitar los sueldos. Según Rolando Molina, esto lo empujó a separar el club de fútbol del club deportivo”, relata Antúnez sobre la administración de Molina, quien concretó la separación creando en 1978 la Corporación de Fútbol de la Universidad de Chile (Corfuch) para hacerse cargo del equipo bajo una personalidad jurídica independiente de la casa de estudios.

 

De esta manera, la “U” no solo se divorciaba de la Universidad de Chile sino también del proyecto de estadio en el Parque Araucano, cuyos terrenos estuvieron a nombre de la Casa de Bello hasta 1983. Según lo recabado por Antúnez, al año siguiente la Universidad permutó estas hectáreas y se las entregó a la Municipalidad de Las Condes para recibir a cambio otro terreno ubicado en Vitacura. Posteriormente, la Chile vendió esta propiedad permutada a la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo) en más de 900 millones.

 

33 años después, en una pequeña tienda del Caracol Ñuñoa llamada “La Magia Azul”, Cristopher Antúnez reflexiona entorno a sus propias investigaciones y no duda en señalar la responsabilidad y sobre todo el silencio de la casa de Bello respecto a esta deuda: “Cuando vuelve la democracia, la Universidad debió haber intentado recuperar los bienes que perdió. Es increíble que un terreno en una de las partes más caras de Santiago, que hoy cuesta como 40 estadios, se haya regalado de esa forma. Más que la administración de Molina, la que tiene la deuda es la casa de estudios, así como los partidos políticos en los 90 recuperaron sus bienes perdidos en dictadura, la Chile no hizo nada por recuperar los suyos”.

 

 

 

 

Un breve resurgimiento

 

Luego del divorcio de la casa de estudios y su club deportivo, la “U” se quedó con sólo dos inmuebles: uno en Ñuñoa y otro en Macul, que serían sedes de la Corporación. Sin embargo, Rolando Molina intentó revivir el sueño del estadio propio y en 1979 crea la inmobiliaria deportiva Andrés Bello S.A junto al que más tarde sería su sucesor en la Corfuch: el abogado, y posterior ministro del Interior de Pinochet, Ambrosio Rodríguez.

 

Las decisiones administrativas de la dupla Molina/Rodríguez terminaron con la compra apresurada de un estadio mecano en Brasil, que finalmente quedó retenido en la aduana de Iquique porque no se pudieron pagar los costos de desembarco. Pero no todo fueron robos y malas administraciones, ya que la singular promesa de Ambrosio Rodríguez de pelear los hinchas de Colo Colo, “casa por casa, población por población”, dio paso a un incipiente proceso de popularización dentro de un club que históricamente había estado relegado a los estudiantes universitarios.

 

La vuelta al rol social del club deportivo se concretaría con la democracia, de la mano del Dr. René Orozco, director de la Corfuch elegido por los hinchas en 1991, manteniéndose 13 años en el puesto. Natalia Dávila Méndez fue una socia activa de la Corporación durante esos años y recuerda que la dinámica de Orozco “era de puertas abiertas, todas y todos éramos bienvenidos, el Dr. Orozco creía profundamente en el rol social del club, y transmitía eso”. Junto con esto agrega que hinchas de todas las clases sociales eran bienvenidos en la sede: “todos éramos iguales porque todos amábamos a la U”.

 

 

 

 

Azul Azul no es la “U”

 

Las instancias de democracia creadas por el Dr. Orozco siguieron hasta que Azul Azul entró en el juego. Hoy, la privatización del equipo deportivo se refleja en una mesa directiva donde los representantes de la Casa de Bello son elegidos únicamente por el rector, y los hinchas sólo tienen participación a través del llamado Consejo Azul, un espacio donde se hacen propuestas que luego son sometidas a juicio por los altos mandos de la sociedad anónima.

 

Andrés Weintraub, Premio Nacional de Ciencias y actual miembro de la mesa directiva de Azul Azul, hace un mea culpa: “Hemos tenido problemas con algunos proyectos porque no existe en el mundo un consejo como el que tenemos acá, no tenemos un modelo en cuál guiarnos”. Pese a esto, los hinchas estudiantes de la Universidad de Chile han tenido beneficios y actualmente optan a una tarjeta que les da descuento en la compra de entradas para ver los partidos. Sin embargo, Zepeda considera que no es suficiente: “No es un capricho el querer recuperar nuestro club, existe una necesidad. Si la U va volver a ser club grande, no sólo en términos de copas sino sociales, sólo va ocurrir cuando la gente a la que le importe el tema social se encargue de la U”.

 

La Asociación de Hinchas Azules le hace honor al romántico viajero que describe el himno de la Universidad de Chile. Se autofinancian de distintas maneras y desde su primera asamblea en 2014, recibieron asilo de la FECh. Tras esto, tuvieron un paso por los pastos de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Chile, para llegar a numerosas juntas en el departamento de Zepeda. Actualmente, tienen una sala fija en la FAU donde se reúnen de forma periódica para encontrar nuevas maneras de democratizar al equipo de sus amores.

 

“Sí los hinchas hoy queremos tomar decisiones respecto a cómo se conduce el club en los procesos formativos, los temas de género, el trato en el estadio, no podemos hacerlo”, crítica Zepeda y enumera las herramientas que han encontrado para ir creando conciencia: “Nuestro trabajo busca que el hincha entre en razón y lo hacemos a través de columnas, actividades sociales y mini escuelas de fútbol en poblaciones; foros e incluso cosas que pueden ser tan insignificantes como una polera estampada que diga "Azul Azul no es la U”. Finalmente nos dimos que cuenta que no podemos ejercer presión en los altos mandos, así que no nos queda otra que empezar desde abajo”.

 

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