La tradición pesquera chilena siempre se ha percibido como un mundo altamente masculinizado, tanto por el folclore que la rodea como por las exigencias físicas del oficio. Sin embargo, existen mujeres invisibilizadas que realizan las mismas labores que sus compañeros, con la misma destreza. Mujeres que trabajan largas jornadas contra el frío y la salinidad marina, mujeres de manos firmes y ojos despiertos.

Texto por Josefa Montes

Para cualquier persona que haya crecido en las costas de Chile es habitual escuchar que “las mujeres no pueden ir a la mar”. En el imaginario popular existe una imagen de la mar como la esposa de quienes trabajan en ella -pescadores y marineros-, celosa y vengativa, ya que es mala con las otras mujeres y no da pesca. Al menos ese es el lugar común, ese es el mito sin origen claro que predomina en los puertos grandes.

Pese al aumento en la ocupación femenina durante los últimos diez años, la pesca sigue siendo un terreno predominantemente masculino. Según cifras del Servicio Nacional de Pesca y Acuicultura (Sernapesca), en 2016 se registraron 25.502 mujeres dedicadas a alguna función dentro de la pesca artesanal a lo largo del territorio nacional, en contraste con los 72.238 hombres en el mismo rubro. Incluso considerando estas cifras, la cantidad real de mujeres dedicadas al trabajo en embarcaciones no alcanza el 17%; el 83% restante se desempeña en la recolección y comercio de algas.

(Fotografía: Maribel Fornerod)

Quintay es un pueblo de 800 habitantes ubicado a 122 kilómetros de Santiago que mantiene una fuerte tradición pesquera. Llegar temprano a la caleta es encontrarse con pescadores destripando congrios frescos y decenas de gaviotas peleándose los restos que no se pueden vender. Quienes trabajaron en la ballenera del pueblo años atrás habrán visto lo mismo pero con tripas de ballena en vez de congrio, tiburón y jibia, los principales productos extraídos de sus costas, dependiendo de la estación.

En la quinta región existen 123 mujeres pescadoras y una de ellas, Kimberly Doering, tiene 27 años y ha pasado los últimos tres en el pueblo costero de Quintay. Siempre le ha gustado el mar y llegó ahí por una práctica de buceo cuando estudiaba Turismo, siendo una de las tres buzas existentes en el sector pesquero artesanal de toda la región. Según cifras de Sernapesca, las buzas alcanzan apenas el 0,5% de ocupación en comparación al 99,5% de su contraparte masculina. Por lo mismo, ella sabe que es un trabajo altamente masculinizado y ha tenido que probar constantemente que puede hacerlo.

Kimberly comenzó desmallando pescados y descargando la jibia de los botes. “Me la picaron”, afirma, se sintió subestimada porque un pescador le dijo: “No, si tú igual erís aperrada, pero no es pega pa’ mina, no es pega pa’ mujer”. Y es algo con lo que ella, al igual que las demás mujeres que trabajan en este rubro, ha tenido que lidiar desde el principio. No se trata solamente de la carga física del oficio pesquero, sino que también de la carga machista que aún existe en él.

(Lee: “Ser científica en Chile y en la Chile: La lucha contra los prejuicios machistas”)

A la "Kim" todos la conocen. Incluso los colectiveros que conectan a Quintay con Valparaíso. Ella dice que es porque es de afuera, de Santiago, de la ciudad. Es una extranjera, una inmigrante inserta en la dinámica de un lugar pequeño que basa su actividad económica en la pesca y el turismo. Sin embargo, llegó a ser, de cierta forma, protagonista. 

(Fotografía: Josefa Montes)

Su pasión por la mar se nota en sus ojos, como si tuviera la marejada salvaje dibujada en sus pupilas, sobre todo cuando habla de su trabajo. “Me gusta, po'. Me gusta andar arriba del bote, me gusta capitanear, me gusta... Aunque suene raro, pero me gusta pasar frío, me gusta hacer fuerza. Es divertido.” En un trabajo principalmente físico, pero ella está orgullosa de jamás haber permitido que le quiten el peso de las manos.

El mundo de la pesca artesanal no solo está inmerso en su propio folclore, sino que también está rodeado de las inclemencias de la naturaleza. Lluvia, marejadas, neblina, frío y largas jornadas de trabajo, habitualmente nocturnas. Kim asegura que no se puede salir con marejada, viento o con el mar alto. Y todos estos factores se suman a la pelea con los lobos marinos, que tratan de robar la pesca. Dice que es una pega dura, pero que todo lo que necesita fuerza en la pesca igual es algo que se puede ir entrenando.

Siempre pelea con los más veteranos por eso. Kim cuenta que los pescadores suelen tratarla diferente por ser aperrada, diferente a las demás mujeres que, según ellos, esperan que el hombre sea el proveedor de la familia. Ella les responde que es porque ellos las crían así. “Hasta el día de hoy algunos no me creen que me la puedo. Pero con el tiempo les he demostrado. he ido tapando bocas”, afirma, tratando de romper con el estereotipo.

A nivel nacional, por cada mujer dedicada a la pesca en el sector artesanal hay diez hombres. Y aunque en la Región del Biobío son 2143 las mujeres pescadoras frente a los 11776 hombres que se desempeñan en la misma área, marcando la mayor presencia femenina pesquera en todo el país, éste sigue siendo un número muy inferior. No hay ninguna región en la que sean más mujeres que hombres ejerciendo alguna labor.

La división del trabajo por género en la pesca artesanal es una situación fácilmente identificable. Kimberly cree que hacen falta más mujeres, aunque sea un trabajo duro, ya que todas las funciones las puede desempeñar una mujer. “Mientras tengai la motivación y aperrís y aguantís, se puede”. Dice que vale la pena, que le apasiona, y en su sonrisa se nota: solo quien ama lo que hace puede entender lo que es estar ahí.

 

UNA RUTINA INTENSA

(Fotografía: Maribel Fornerod)

No importa si la pesca del día es jibia, congrio o tiburón, siempre existe un factor en común: la exigencia física y mental que requiere. Se deben preparar los implementos necesarios, salir varias horas antes, aguantar el frío.

Kim comienza a prepararse a las cuatro de la tarde junto al resto de la tripulación cuando salen a la jibia. Se preocupan de que todo esté listo, de la bencina y las herramientas antes de embarcarse. Una hora más tarde parten su camino hacia la mar. Pueden navegar hasta más de tres horas buscando el dato, la ubicación que otras tripulaciones le han dado. La tota es la protagonista de esta pesca, un fierro con púas de tres o cuatro hileras que van amarradas a una línea.

Hasta hace unos años, la jibia era considerada una plaga y comprometía la extracción de otras pescas. Pero, ante la escasez de productos marinos como la merluza, este molusco se ha convertido en una oportunidad de mercado muy atractivo debido a la versatilidad de su carne. El 80% de la extracción de la jibia está en manos de la pesca artesanal, quienes a su vez la venden al sector industrial para su exportación hacia Europa y Asia. Anualmente se extraen doscientas mil toneladas.

Quintay extrae mucha jibia, pero su extracción, dice Kim, es muy dura. Su captura toma toda la noche y, como se encuentra a distintas profundidades, hay que buscarla constantemente con las totas. “La jibia es súper mañera. Varía según la temperatura del agua, de la luna. De repente sale con oscurana, otras veces sale la luna y empieza a picar. Es bien complicada.” Y como si eso fuera poco, una vez arriba del bote y ya trincada, la jibia tira chorros de agua con tinta.

Cuando no es la jibia en invierno, es el tiburón en verano. Es una pesca difícil y no solo por la calidad de depredador de los tiburones, sino también por las regulaciones sobre su pesca, necesarias en un país que busca preservar su fauna marina. La práctica artesanal debe desmarcarse del "aleteo", una práctica prohibida en Chile que consiste en cortar las aletas de tiburón y luego descartar el resto del cuerpo. Además, hay especies de tiburones que están protegidas, en peligro de extinción o sin información suficiente para definir su estado.

Kimberly recuerda animada su primer encuentro con un tiburón. Había ido como observadora un par de veces antes, pero esa vez era diferente: iba a trabajar. Se encontraron con un ejemplar de unos tres metros de largo. Mientras uno de sus compañeros lo trincaba, el tiburón tomó velocidad y comenzó a nadar para embestir el bote. “El tiburón saltó y si mi compañero no lo atrinca, me agarra y me tira”, comenta riendo. Confiesa que estaba asustada ese día, pero que todo se hace más fácil cuando ya se conocen las especies.

Pese a la brecha de género y las dificultades físicas del oficio, ella insiste en una sola cosa: el deseo de hacer lo que uno quiere es lo más importante. “Depende siempre de una. Conozco pescadores que no saben ni hacer un nudo. Y yo de repente trampeo con ellos, peleo con ellos. ‘Hueón, si querís ser pescador no podís no saber hacer un nudo po’. Ahí te dai cuenta de que da lo mismo si erís hombre o mujer, la hueá va en la motivación de uno”, sentencia.

 

(Fotografía: Pablo Ovalle)

 

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