Hay varias maneras de conocerla: Su fanpage, “Confesiones de una Soltera”, cuenta con 207 mil likes y su libro del mismo nombre lideró el ránking de ventas durante meses. Además, conduce el “Aló Solte” en Big Radio y sus shows de Stand Up llenan los bares santiaguinos. Sin embargo, aquí, Paola desentraña lo que significa hacer comedia, su manera de abordar lo sexual, la periferia y las contradicciones que enfrenta como feminista.

Por Natalia A. Urbina y Pedro Marín Q.
Fotografías por Catalina Mundaca

Recién comenzaba la década de los noventa y, con ésta, la transición. En una iglesia adventista de la incipiente Ciudad Satélite (entonces llamada Los Parques de Maipú), una niña inventaba historias para quienes allí se reunían: “Jesús se juntó a carretear con sus amigos y fumaron marihuana”. Los adultos, en vez de enojarse, se reían con ella. Paola Molina aún recuerda la adrenalina de esa respuesta espontánea. Hoy, en el sofá de su departamento, recuerda esa anécdota como su primer acercamiento a la comedia.

-¿Y cuándo comenzó la comedia formalmente?

Empezó antes que la página de Facebook. Estudié diseño gráfico e hice mi práctica el 2013 en Argentina, donde había mucho stand up. Tomé un curso, me presenté algunas veces y me gustó. Iba a shows en mi tiempo libre y ahí me planteé que yo también podría hacerlo. Cuando chica veía al Dino Gordillo o a Álvaro Salas, un imaginario muy alejado de mí: son hombres, grandes, gorditos, tampoco tenía referentes gringos. Ahí me metí a internet y empecé a cachar a mujeres que vivían de eso y no necesariamente se tenían que ver bonitas, tenían otro tipo de feminidad. Después vino la página. Al principio era una historia cachonda, pero luego fui cambiando las cosas que quería decir.

-¿Cómo fue comenzar una carrera en un rubro históricamente masculinizado?

Había machismo desde mí misma. Por ejemplo, los días que tenía show me preocupaba de la ropa que iba a usar. Al comienzo una asume que aparte de inventar los chistes hay que verse bien, ir con falda y maquillada. Y después, claro, los hombres salen con polerón de buzo y no es tema. Ahí me dí cuenta que le estaba quitando espacio a la comedia. Creo que, en general, cuando las mujeres nos enfrentamos a una situación en que seremos observadas, tenemos un espectador masculino imaginario, que somos nosotras mismas que aprendimos a vernos desde ahí. Ese cambio me volvió más expresiva, hago muchos gestos con la cara y estoy más cómoda. Eso fue un descubrimiento y solo se me dio con la práctica. Ahora hice toda la temporada de “Mecheras” con el mismo pantalón.

-¿Cómo se lleva a cabo una reivindicación social y de género a través de la comedia? 

A mí me pasa que tengo una visión feminista, pero no siempre es coherente. Cuando hago un chiste feminista lo expreso, pero hay otras cosas que me pasan y las vuelvo chistes sin explicar que están mal, como cuando me pongo psicópata con un mino, por ejemplo. Eso no está bien, pero no estoy de acuerdo con tener que hablar todo desde lo correcto, porque al final cada uno tiene sus propios procesos y sería poco sincero de mi parte hablar desde cómo debería ser y no desde lo que siento. Me gusta más apelar a las contradicciones.

Creo que todas las mujeres generan un cambio porque ninguna se ha visto como sujeto de comedia. En todos los sketch de la cultura pop chilena las mujeres aparecen como un objeto, nunca dan risa. El hombre se luce y le agarra el poto a una secretaria “media hueona” que se agacha. Si no, es la vieja fea y todo el chiste será que nadie se la quiere culear. Cómo te relacionas con esa masculinidad hará tu personaje. El Che Copete ha hecho carrera con eso. Entonces, cuando una chica que no se considera feminista puede hacer chistes con los que yo no esté de acuerdo, igual aparece de una forma que no es la deseable.

(También lee: "Dadalú: '¿Por qué tengo que ser tu objeto de deseo si yo la verdad sólo quiero hacer música?'")

-¿Cómo ves la escena de la comedia actual?

Yo creo que está separado en dos generaciones. En la nueva escuela ya no hablamos de la suegra porque hay otros valores, ahora la gente se divorcia y los jóvenes ya no se casan. Estamos viviendo esa transición y quizá las próximas generaciones no van a pensar en psicopatear a las personas ni habrá sentido de propiedad en las relaciones de pareja. Nuestros padres no tuvieron una crianza en la que se miraran a sí mismos, siempre son chistes ajenos, de la suegra y la ida al banco.

-...Un humor muy de posdictadura.

"Sí, está súper marcado en el “humor blanco” que era solo burlarse de minorías. Las mismas minorías tuvimos que aprender a reírnos como si fuera real, cuando en verdad nadie se identificaba con la esposa o la suegra de los humoristas, entonces es como hueón, deja de pelar y sepárate ¿cachai? Creo que hay un recambio generacional y la televisión es súper lenta en ese sentido".

El único límite en el humor de Paola es lo que no le parece gracioso, y fantasea con un mejor futuro en los escenarios históricos como la Quinta Vergara: “el festival no tiene una lógica distinta a la televisión, que es la misma desde el matinal hasta un programa de debate. Creo que desde internet van a salir las figuras nuevas que irán al festival y eso lo vuelve más democrático, porque si hay una persona chistosa que pertenezca a una minoría politizada (porque incluso en la minoría hay quienes incomodan menos), le irá bien. Esa es la gracia del humor: aunque no estés de acuerdo, si te da risa cagaste”.

 

Las confesiones en papel

En su libro "Confesiones de una soltera" (2017), Paola narra diversas experiencias familiares y sexuales desde la voz de "Solte", una mujer sin tapujos, dueña de sus decisiones y muy alejada de los estereotipos femeninos existentes en la literatura tradicional.

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-En tu libro narras varias experiencias sexuales, independiente de su veracidad, ¿tuvieron alguna repercusión negativa? ¿Pensaste en autocensurarte?

Sí lo pensé, pero creo que la muerte de mi mamá me liberó de un tipo de vergüenza que sentía, porque ella encarnaba el “qué dirán”. Fue muy extraño, ahora la cuento como un proceso racional, pero fue algo que sentí. A algunos parientes lejanos les dio vergüenza, pero me dan lo mismo. Los cercanos nunca me preguntaron si era real o no, imagínate ¡qué pudor! Cuando lo leyeron me felicitaron, y ahora me preguntan si van a estar ellos o no porque quieren aparecer.

-¿Cómo es tu proceso creativo, tanto en lo narrativo como en la comedia?

Es parecido, es encerrarse a leer hartas cosas y ver mucho stand up. Ocupo cosas de stand up para el libro y viceversa, salgo harto a caminar, escucho conversaciones y llevo un librito, anoto frases, harto museo y cualquier estímulo. De hecho hago todo en una misma libreta, lo leo y elijo qué va para el stand up y qué para el libro. Es como de cesante igual mi día a día. Ponte tú el otro día fui a Meiggs solo a ver juguetes pirateados como el pico. Es muy chistoso. Quiero que mi nuevo libro tenga esa textura, de algo medio colapsado, mal hecho, pobre, perdedor, pero que igual trata de salir adelante. Entonces fui a puro tomarles foto a Pikachus morados, cosas así.

-Estás trabajando en un segundo libro, ¿es una continuación de Confesiones…? 

No, tiene partes del imaginario de la primera parte del libro. Combino textos que son más parecidos al ensayo con narrativa del mundo maipucino, con personajes perdedores, héroes invisibles, heroínas del terror, minorías oprimidas siendo malos, con harto humor negro y jugando con la relativización de la moral.

Quiero hacer un imaginario de torpeza, de ser vulgar. Si hago un personaje homofóbico, no va a ser para juzgarlo, lo quiero mostrar no más y que eso solo sea un rasgo de un personaje que va a hacer otra cosa y tenga otros dolorcitos. Yo sé que estamos en una generación de minorías, pero están en la gente que nos crió, en sus propias familias deben haber fachos pobres, y yo a esa gente la amo, y ¿cómo voy a estar después en twitter puteando a alguien tal como mi tía, que trató de hacer familia con sus pocas herramientas?

 

De FAU a los escenarios

-¿Existía preocupación por asuntos de género cuando entraste a estudiar?

Los últimos años, sí. Durante los primeros dos años, más que denuncias, eran cahuines: uno podía mirar feo al loco, pero nadie se dejaba de juntar con él, no quedaba marginado de ningún espacio. Yo misma carecía de un lenguaje capaz de establecer que eso era un abuso. El asunto quedaba solo como un mal rato.

A mí me pasó con un loco de FAU. Yo era mechona y él de estos que llevan mucho tiempo titulándose. Estábamos en un carrete, yo había tomado y fumado mucho así que me llevaron a dormir a su pieza. Cuando terminó el carrete este loco se acostó al lado mío. Entonces me empezó a zamarrear para que agarrara con él hasta que yo, después de forcejear, me paré y me fui. Comenté esto con algunos de mis compañeros y claro po’, como yo era “la promiscua”, todos le bajaron el perfil y me invalidaron. Después yo misma pensaba como “ah ya, yo soy la colorienta porque el P. M. estaba curao

-¿Qué sientes con toda la movilización feminista del último año? ¿Qué cambios te gustaría que ocurrieran en la Chile y en el país?

Me gusta que la forma de organización sea horizontal. Eso demuestra otras formas de hacer política y comunidad. Espero cambios concretos en la forma en que se da la educación chilena, por ejemplo, cuando los jueces que dejan libres a violadores es porque en la universidad, si no hay un electivo de género, no contemplan estos asuntos. No puede ser un electivo, tiene que estar incluída esa visión. La visibilización de los cuerpos femeninos, no como un espacio erótico cosificado, sino como sujeto común y corriente. Ese cambio, generado desde la imagen de una capucha con las tetas al aire, puede que en tres años más sea normal. Espero que desde acá salgan consignas que van a terminar por naturalizar ideas y acciones que ahora aparecen como polémicas.

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