Cuando hablamos de depresión y trastornos mentales, un gran canalizador es la música y el proceso de creación musical. Pero cuando los trastornos le dan la mano a la industria, y con la obvia influencia del capitalismo, nace la curiosidad de saber cómo es que se comercializan las emociones.

Por Martina Cáceres D. y Patricio Contreras M.

Fotografía por Marco Jiménez M.

Todo el mundo tiene un artista con quien saca todas sus emociones en el karaoke o esa canción especial que hace que una lágrima incómoda le cae por la mejilla cuando va en la micro. Sin embargo, hoy las y los jóvenes están canalizando sus energías de otro modo y elementos como el trap, las joyas, las drogas blandas y los trastornos mentales, parecen haberse convertido en un elemento estilístico común.

El estilo de vida y la estética que rodea a las y los artistas, que influyen de gran forma en las nuevas generaciones, nos hacen preguntarnos hasta qué punto la forma en que estos exponentes hablan de depresión, ansiedad y pastillas afecta en una posible romantización de los trastornos del ánimo ¿Están ayudando a canalizar emociones o es el capitalismo haciendo de las suyas una vez más?

Un poco de historia musical

Desde sus inicios, la música siempre ha servido como medio para la expresión de sentimientos y emociones de compositores y compositoras en diversos géneros. Así lo expresa Guillermo Dalia, Doctor en psicología de la Universidad de Valencia, especializado en la interpretación musical, agregando que “en muchos casos (la música) nos ayuda a conectar con emociones básicas y fundamentales como la alegría, pena, tristeza, satisfacción, etc”.

En el siglo XX la melancolía, el amor tormentoso y la adicción fueron los principales trastornos tratados en la música, dejando de lado otros padecimientos como la depresión, la ansiedad o el trastorno bipolar. En Chile, por ejemplo, Violeta Parra ocultaba su depresión a través de acordes tristes, letras melancólicas y canciones como la afamada “Gracias a la vida” o “El Gavilán”.

La artista nacional Begoña Ortuzar cree en la importancia de que los artistas estén conectados o enfrentados con su emocionalidad, afirmando que “la creación desde la emotividad es para mi la más potente”, agregando que el proceso de creación puede tener efectos positivos en la salud mental y espiritual de las personas: “Me parece muy bonito y sobre todo necesario crear algo a partir de esas emociones. Intentar transformar los sentimientos más intensos, las pesadillas, los sufrimientos; transfigurarlos es muy sanador”, asegura.

La naturaliación de los trastornos

El psicólogo experto en trastornos de personalidad de la Universidad Católica de Chile, Agustín Valenzuela, habla de una posible "hiper aceptación" de los trastornos mentales en las nuevas generaciones, “entre lo positivo estaría una lucha por aceptar y validar dentro de la sociedad toda la experiencia que involucra a quien sufre de un trastorno. Pero, como contraparte, se puede encontrar la normalización e incluso idealización de conductas que obedecen a síntomas propios de la patología (ideación suicida, auto-laceraciones, restricción alimentaria) como comportamientos válidos”, advierte.

Desde los años 90, géneros como el grunge, emo, sadcore, entre otros, han generado controversia entre generaciones mayores por su contenido gráfico y en algunos casos agresivo. Sin embargo, a partir de la masificación y comercialización estos estilos, en la última década han surgido géneros musicales como el “emo rap” o “sad rap”, que desafía la estilística que solía tener el Hip Hop tradicional, navegando entre tonos de vulnerabilidad, rabia, depresión y ansiedad.

Esta nueva ola de artistas, también llamados “raperos de SoundCloud”; entre los que se cuentan Lil Xan, cuyo nombre alude directamente al popular fármaco Xanax, también la rapera Princess Nokia y algunos representantes latinos como Gianluca; han aportado en cierta medida al fenómeno de una romantización de los trastornos del ánimo en las nuevas generaciones, donde la glamorización de éstos pareciera esconder un doble filo.

En la era digital, a través de plataformas como Tumblr o el antiguo MySpace, se han dado espacios para que la estética y la música de este estilo logre viralizarse, pudiendo llegar al mainstream en los últimos años. Para explicar su auge, Valenzuela apunta a la empatía que esto puede provocar entre las y los jóvenes. “Probablemente tiene que ver con que haya algún tipo identificación, ya sea parcial o incluso total, entre la o las patologías expresadas en estos medios y una vivencia subjetiva e interna”, comenta.

Dicha situación no debería sorprender, considerando que cifras de la OMS apuntan a que la depresión afecta a más de 300 millones de personas en el mundo y en Chile son más de 800 mil casos en personas mayores de 15 años. Datos que además de ser preocupantes, podrían revelar por qué ésta parece ser una industria tan rentable.

Es claro que generar diálogo en torno a estos trastornos y enfermedades es un paso clave para que como sociedad podamos comprenderlo de mejor manera, pero cuando el mercado se entromete en las formas de expresión artísticas, deja mucho en qué pensar. El arte y la expresión emocional afectan directamente en la vida de las personas. Crear un puente sano entre estos mundos puede ayudarnos a entender mucho mejor esta problemática.

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