Es fácil notar la cantidad de microbasurales y vertederos ilegales en algunas comunas de Santiago. La falta de planificación y compromiso de autoridades y vecinos han provocado que los desechos domiciliares sean una preocupación sanitaria. Mientras tanto, el número de éstos no parece disminuir ¿Cómo nos hacemos cargo de este problema?

Por Josefina Ibañez y Javier Æøå

Una vez que un microbasural aparece se hacen muy difíciles de erradicar y su presencia incomoda y aleja a la comunidad. Miguel Ángel López ha vivido en Lo Espejo desde los ‘60 y ha visto cómo la basura ha aparecido en su barrio. Su avenida de residencia es límite entre variadas realidades, ya que, al menos tres poblaciones se armaron alrededor. Éstas no interactúan entre sí, pero tienen una calle y un terreno baldío separándolas, ese espacio pudo haber sido un parque, pero se transformó en sitio eriazo y luego en un microbasural.

A pesar de que el camión recolector del municipio pasa tres veces a la semana, Miguel Ángel cuenta que hay quienes ofrecen llevarse la basura domiciliaria por mil pesos y tirarla en el microbasural, agregando que “así se compran drogas y contribuyen al ambiente de inseguridad”.

El problema de fondo

Sixto Salazar, delegado medioambiente de la FECh, apunta a que “la gente de Lo Espejo no vive en su comuna, sólo duerme ahí. Las y los espejinos trabajan o estudian en otras comunas y no les da el tiempo ni la energía para vincularse con su espacio”. Por lo mismo, agrega que “se forma un círculo vicioso, como los vecinos no lo sienten como su espacio, se llena de elementos hostiles como delincuencia, drogadicción y basura. Al llenarse de ellos, ya no es su espacio”

En La Pintana ocurre algo similar. Un gran porcentaje de población activa trabaja en comunas del barrio oriente, por lo que tomar la bolsa de basura de la casa y dejarla en el paradero es una práctica común. Igualmente, en ésta comuna operan empresas contratistas que vienen desde Peñalolén y La Reina a dejar escombros, haciendo que el municipio tenga que invertir en esas situaciones.

Patricio Navarrete, Jefe de Educación Ambiental de la Dirección de Gestión Ambiental (DIGA) de La Pintana explica que “la limpieza de vertederos ha requerido gran esfuerzo logístico. Varios sitios eriazos son herencia de antiguos parceleros que repartieron sus tierras y los dueños no se han hecho cargo”, es por esto que desde la DIGA deben contactar al propietario y advertirles a los vecinos que saquen su basura más cerca de la calle, para poder sacarla, ya que la maquinaria municipal no está autorizada a ingresar a sitios privados.

Simultáneamente, la DIGA le ha pedido al fisco que entregue parte de sus terrenos estatales para así transformarlos en áreas verdes. Así, desde 1994 han expandido de 100.000m² a 800.000m² las áreas verdes comunales.

Soluciones personales y municipales

Todo parte por uno. Sixto Salazar comenta que “el santiaguino promedio genera 1.5 kg de basura diaria y de eso el 70% es reciclable. Si cada uno redujese el consumo personal y conociera los puntos verdes de la ciudad, contribuiremos a una urbe más limpia”, reflexiona el dirigente.

A pocos metros de la casa de Miguel Ángel López se encuentra el Parque Pablo Neruda. Este nació como una inversión municipal, pero se dejó la obra inconclusa. Los vecinos han mantenido el Parque, pero actualmente no tiene iluminación, bancas ni juegos infantiles. Sin embargo, este manchón verde llama la atención y hace imaginar lo que una inversión municipal podría haber logrado. Como dato, es importante agregar que si Lo Espejo transforma sus sitios eriazos en parques, duplicaría sus áreas verdes.

La DIGA no tiene los medios para hacer una limpieza total de los sitios eriazos. Por lo mismo, han tratado de optimizar sus recursos para enfrentar el problema. Es por esto que se abocaron a la Educación Ambiental No Tradicional: Ir puerta a puerta por La Pintana explicándole a los vecinos los perjuicios de los basurales. “A quien nos abra la puerta le explicamos” cuenta Patricio Navarrete. De este modo, han podido cubrir todo el rango etario. En los cinco años que han operado, han visitado el 60% de las viviendas de La Pintana. Sin embargo, la DIGA entiende que este es un proceso largo y continuo.

De esta forma, tanto Salazar como Navarrete llegan a las mismas reflexiones finales: la gente debe entender que vive en comunidad, en una y que debe ser protagonista de su territorio. "La ciudad crea estos espacios. La ciudad debe regularizarlos y ver cómo se organizan", culmina Salazar.

 

Publicado en RBP #81 Mayo - Junio 2017

 

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