Un espacio de naturaleza en Pichicuy ha ido quedando lentamente en el olvido, tanto de la población de la caleta del mismo nombre, como de las autoridades de La Ligua. Ahora, no solo la falta de protección y conciencia afectan al humedal, sino que se alza la amenaza inmobiliaria. Pero, ¿cuál es la verdadera importancia de estos lugares? ¿qué se está haciendo para protegerlos? Esta es la Mota Verde.

Por Javier Godoy, César H. Navarro y Josefina Ibáñez
Fotografía por Vicente Pantoja

Un disparo quiebra la quietud del cielo. Un cuerpo en vuelo se desploma inerte al suelo de Pichicuy. A 25 kilómetros de La Ligua, con alrededor de 500 habitantes, esta caleta de pescadores artesanales y solo tres calles pavimentadas, se alza aledaña a una parada crucial en el proceso migratorio de las aves: un humedal. Uno de los primeros que proporcionan agua después del arduo cruce del desierto de Atacama. Uno que de a poco, sufre los problemas que acarrea la intervención de la mano humana.

Los humedales son lagunas costeras con niveles de agua muy intermitentes, pueden ser un pequeño charco y al mes siguiente inundar varios kilómetros. Esta variabilidad estacional y su cercanía al mar, los hace refugios idóneos para varios animales migratorios y le otorga gran importancia en la conservación de la biodiversidad que se genera producto de sus especiales condiciones.

Sin embargo, el humedal de Pichicuy es un triste referente de las amenazas que sufren este tipo de ecosistemas a lo largo de nuestras costas. Considerado históricamente como la simple laguna de los patos, es un espacio donde es común ir a acampar, andar en moto, extraer plantas para la venta, cazar, ir a botar escombros, entre otros. Actitudes que intervienen el equilibrio ecológico deforestando el humedal, aplastando los huevos, reduciendo la población de especies y contaminando el agua.

Por esto, un grupo de estudiantes Ingeniería en Recursos Naturales Renovables de la Universidad de Chile, se organizó para consolidar la conservación del humedal. Se adjudicaron un Fondo de Protección Ambiental (FPA) y han levantado un proyecto que instale el tema y lo dote de importancia en la población. Sin embargo, existen barreras políticas que bloquean los avances, además del paso del tiempo que no perdona.

Una concesión que peligra

En diciembre de 2016, Bienes Nacionales entregó el terreno del humedal a la Municipalidad de La Ligua en una concesión de cinco años. Ésta se inserta en un proceso de certificación ambiental que está implementando la administración. Dicha concesión otorga la protección y gestión del terreno, sujeto al cumplimiento de diversos puntos: contratación de un guardia, implementación de una ordenanza que regule el uso del espacio y permita fiscalizar, instalación de señalética, mantención del cierre perimetral, entre otros.

El problema es que estos puntos no se han cumplido en el tiempo indicado, por lo cual, la concesión se ve afectada. Para Jacqueline Torres, presidenta del Consejo Ambiental Comunal de La Ligua, órgano ciudadano externo al municipio, es algo político. “Eso determina el interés y avance del trabajo. Bienes Nacionales nos advirtió que estaba en nuestras manos avanzar, que hiciéramos presión y denunciáramos los problemas”, sentencia. “Nos dijeron que, si hay algún interesado y tiene el dinero, podría ser entregado”, agrega con pesar.

El interés de privados por el terreno ya se ha hecho sentir. Anteriormente, un complejo habitacional construido en las cercanías, ofrecía la venta de viviendas con acceso directo al mar, lo que implicaría un daño permanente al humedal. No obstante, la comunidad organizada fue capaz de reaccionar y lograr consolidar una fundación que cercó y cuidó el espacio previo a la concesión municipal. De aquel cercado y del interés de la comunidad, ya nada queda.

Para Nibaldo Hernández, miembro de la junta de vecinos de la caleta y reconocido activista de la zona, la preocupación de la gente es la clave: “Pero ésta depende de que se observe un cambio concreto e interés del municipio. Si bien hacen cosas, éstas son aisladas y no repercuten. No han velado por los compromisos que asumieron”, apunta.

Por su parte, Daniela Díaz, encargada del Departamento de Medio Ambiente, Aseo y Ornato de La Ligua, comenta que “es un trabajo difícil debido a que se coordinan muchas cosas dentro del departamento”. Por otro lado, explica que la demora en los cumplimientos de los puntos “se debe a una demora por el cambio del equipo de trabajo y la burocracia en los procesos”. Asimismo reconoce estar consciente de la posibilidad de perder la concesión, pero argumenta que están trabajando en los compromisos atrasados.

Confianza en el cambio y el tiempo

Desde principio de año que los estudiantes ganadores del FPA están implementando trabajos en Pichicuy. Una de las participantes, María Luz Pino, cuenta que las metas a futuro son que “el humedal no se pierda entre la basura, que todas las especies puedan seguir desarrollándose, que el lugar pueda seguir prestando los servicios ecosistémicos a la comunidad y que sea esta misma la que se haga cargo, no entes externos”. Sin embargo, por el momento continúan con la primera etapa de su proyecto, el cual implica crear una ruta con el asesoramiento de los residentes y trabajar con las niñas y niños de la escuela de Pichicuy.

No obstante, para su director, Raúl Ibacache, esto no es suficiente y presenta una opinión crítica. “La gente de afuera se preocupa más. Acá hay gente a la que se le está pagando y no ha hecho nada”, afirma. “La comunidad recién se va a dar cuenta cuando aparezca un privado y pierda el lugar”, concluye.

Según información del Departamento de Medio Ambiente de La Ligua, se espera la implementación de una ordenanza para el humedal durante octubre y de un plan de manejo para fin de año. Asimismo, se encuentran en proceso de búsqueda de un guardia ante la inminencia en la llegada de la temporada veraniega y con ella los visitantes que invaden el humedal.

En Pichicuy, el verano se acerca. Las aves vuelan tranquilas a la espera de que ninguna otra bala vuelva a romper el quieto silencio del borde costero mientras los y las estudiantes siguen trabajando a la espera de que el humedal sea rescatado de la basura. En Pichicuy el tiempo avanza, no perdona y el humedal sigue resistiendo.

 PUBLICADO EN RBP #83 SEPTIEMBRE - OCTUBRE

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