El proyecto tiene como finalidad reestructurar el continente sudamericano para lograr una mejor productividad y conexión entre los países. Sin embargo, se estima que el impacto en el patrimonio natural y social sería devastador.

Por Amaranta Llanos y Emilia Aparicio
Foto por IIRSA

Con el fin de desarrollar la productividad y conectar el continente, organizaciones supranacionales como Cosiplan y Unasur, planificaron la reestructuración de los territorios de América del Sur. De esta forma, en el año 2000 crearon el megaproyecto Integración de la Infraestructura Regional Suramericana (IIRSA), el cual ha avanzado lentamente en la geografía de la región.

IIRSA es un macro-diálogo que tiene como objetivo principal planificar la reestructuración del continente para mejorar la producción y el traslado de recursos y mercancías para el mundo. Esto contempla la construcción de rutas transnacionales terrestres, además de corredores bioceánicos que devastarán la flora y fauna del sector.

Según el informe Unasur-Cosiplan del año 2016, son 581 proyectos con un presupuesto cercano a los 200 mil millones de dólares. Los proyectos que involucran a Chile son más de 70, financiados por cerca de 16 mil millones de dólares. De estos, 57 son proyectos estrictamente nacionales y 17 binacionales.

Coordinación regional

En el marco de una “globalización” este proyecto está compuesto y financiado por las doce naciones de América del Sur y por organizaciones supranacionales como el Consejo Suramericano de Infraestructura y Planeamiento (Cosiplan), Banco de Desarrollo de América Latina, Corporación Argentina de Fomento (CAF), el Banco de Desarrollo Chino, el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social, entre otros.

Los impulsores de IIRSA, además de las autoridades que componen Sudamérica y las instituciones supranacionales, contemplan a una parte no menor del empresariado. Por ejemplo, en la primera reunión realizada el 29 de agosto de 2000 en Brasilia, no sólo participaron los presidentes de los países sudamericanos, sino que también 350 empresarios pertenecientes al continente.

La planificación del proyecto sigue una lógica de trazado desde el centro hacia las costas y ríos que se dirigen al mar. En esta misma línea, está dividido en diez ejes, los que corresponden a zonas específicas contempladas en base a su actividad industrial, recursos naturales y concentración poblacional. Entre los ejes se encuentran el Perú-Brasil-Bolivia y el Mercosur-Chile.

Consecuencias socio-ambientales 

Actualmente hay una crisis ambiental en todo el mundo como consecuencia de una explotación exhaustiva de los recursos por una economía depredadora. Por lo que una intervención del tamaño de IIRSA podría significar inundaciones, deforestación y cambios en la flora y la fauna de los territorios. Sofocando y alterando un ecosistema que ya existía previo a esta usurpación.

En Chile, uno de los proyectos es ampliar el complejo portuario de Mejillones, la concesión de la Ruta del Loa, el corredor bioceánico Antofagasta-Socompa, y el proyecto más a corto plazo que corresponde al túnel binacional Agua Negra en la región de Coquimbo. Este túnel estaría abierto para el año 2020, pese a ya contar con un mineroducto, y permitirá abrir el comercio de la soja desde Argentina hacia el Océano Pacífico. ¿El costo? la destrucción del equilibrio medioambiental, ya que además de que se dinamitarán distintas áreas del sector, los tres puertos estarían ubicados en la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt.

Socialmente hablando, IIRSA tiene un impacto que se ha visualizado en todos los países próximos a desarrollar proyectos. Numerosas comunidades tendrían que ser reubicadas. Un ejemplo es el caso de la región Madre de Dios en Perú, donde se construirán cuatro centrales hidroeléctricas. Esto provocaría una inundación de 46 mil hectáreas de tierra y el desplazamiento forzado de 65 pueblos indígenas.

En palabras de la Coordinadora Antiirsa “nos encontramos frente al mayor reordenamiento territorial efectuado en el continente desde la conquista europea”. La organización anónima realizó en 2016 el documental ¨IIRSA, la infraestructura de la devastación”.  En Chile reina la pasividad debido a la escasa información, convirtiendo este proyecto en una depredación ambiental desmedida y en una violación a la vida local a través de la explotación de las zonas, con consecuencias directas en términos económicos, ecológicos y culturales. Ante esto, surge la interrogante: ¿Cuál es el precio que hay que pagar por el “progreso” humano?

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