Las tradiciones machistas son hechos y actuares que en algún momento de la historia fueron percibidos como gestos amables y afectuosos, pero en la actualidad las mujeres hemos sacado la voz y nos levantamos para decirles “no”. Las conductas patriarcales y paternalistas ya no son bien recibidas, y el paradigma que anteriormente reinaba ya tiene fecha de expiración, estén listos o no.

Por Josefa Montes y Martina Cáceres

Fotografías por Agencia Uno

Existen costumbres tan normalizadas en la sociedad chilena que, muchas veces, no asimilamos lo nefastas que son hasta que nos detenemos a cuestionarlas (y ya es tiempo de cuestionarlas de verdad). Tal como el piropo al fin ha comenzado el recorrido hacia su final, hoy tocan otras tradiciones más sutiles, pero no menos violentas.

Aún se estilan tradiciones que sin duda deberían desaparecer, como que te regalen flores tras la primera menstruación celebrando que alcanzaste la madurez biológica, lo que no es más que el reflejo de una sociedad que ve a las mujeres como úteros andantes y que ve la maternidad como una obligación de la mujer, más que como una opción. O tradiciones ligadas a roles de género, como que los artefactos domésticos sean un “regalo ideal” para las madres en su día.

Tradiciones como la cueca, tan bailada durante Fiestas Patrias, con letras muchas veces sexistas y desde perspectivas netamente patriarcales, aún celebran la figura del hombre borracho y desinhibido o nos recuerdan aquellas épocas en que los patrones de fundo se creían con el derecho de acosar a las mujeres. Y, si bien, no es posible erradicarla, siempre es bueno comprender y recordar. Porque las tradiciones machistas son parte importante del modelo constructor en el cual se nos intenta moldear y reducir. Son la expresión tangible y representativa de estas violencias secretas.

 

 

Según la encuesta Plaza Pública de Cadem, publicada en mayo y en torno al movimiento feminista, el 77% de las y los consultados considera que Chile es un país machista. Asimismo, la encuesta apunta como los espacios donde hay más machismo al ambiente laboral (82%), la política (77%) y el humor (76%). Estos resultados no resultan sorprendentes hoy, pero sí lo habrían sido en años anteriores. Antes del despertar de un movimiento entre marchas, carteles y cánticos en las calles, que exigen respeto en todos los aspectos de la vida de la mujer.

Cuando una persona intenta desenvolverse en un lugar donde pareciera que el molde ya está hecho y prefabricado, las posibilidades de surgir de manera individual se acotan cada vez más hasta anularse. Y es que desde los primeros años de escuela ya se imponen tradiciones machistas que no hacen más que alienar a las mujeres en la sociedad. El uso de faldas o jumpers, con los cuales las niñas se congelan en invierno porque, muchas veces, no se les permite usar pantalones, tiene que ver con una asignación arbitraria y anticuada de género a la vestimenta. Porque, a pesar de que las mujeres usan pantalones desde hace décadas, en el sistema educacional chileno estos siguen siendo ropa “de hombre”.

 

 

Los roles de género están tan impresos que muchas personas aún creen que las mujeres no pueden ser buenas conductoras o no pueden opinar de futbol. Cada vez que se acallan opiniones en temas “que no son de mujeres”, se está suprimiendo una voz.

Desvalorizar a la mujer simbólicamente puede ubicarla en un plano de subordinación, donde el camino hacia los gritos y los golpes se puede volver más accesible a través de rosas y abrazos. Entender a la violencia estructural como la forma en que el constructo social disminuye a las mujeres, permite darse cuenta de que la lucha no es sólo contra la institución, sino que existe desde el comedor de la casa hasta la sala de clases.

Estas violencias simbólicas y normativas son las que rigen en un sistema que no está de nuestro lado. Es por esto que cada forma de expresión es rebeldía, cada descontento y parada de carros al agresor vale. Porque las conductas y las tradiciones son, finalmente, justificantes de la violencia y normalizadoras de prácticas que no son necesarias ni aceptables en el mundo de hoy. No es no.

 

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