Ante la pasividad de instituciones demasiado preocupadas por cuidar su imagen, las estudiantes de dos colegios emblemáticos usaron sus propias herramientas para enfrentar la violencia de género en sus espacios educativos.

Por María Araneda Farías

Fotografía portada: Cristóbal Escobar

Las alumnas del actual IV medio H del Liceo Javiera Carrera conocieron al profesor Álvaro Pérez Canto durante su primer año en el colegio. No hizo falta mucho tiempo para que se enteraran de que era conocido por mantener relaciones sentimentales con sus alumnas, ni tampoco para que ellas mismas se vieran afectas por su comportamiento.

El acoso de Pérez Canto las motivó a quejarse en Inspectoría. Allí les dijeron que: “se taparan las piernas con el delantal si es que no querían que el profesor las mirara”, lo que de cierta forma va en concordancia con el actuar posterior de las autoridades del Liceo.

El 2016, cuando el caso de otro profesor del Liceo salió a la luz, realizaron una denuncia formal que narraba los hechos por los que tuvieron que pasar en séptimo básico. En esta ocasión, la respuesta vino de parte de la directora del Liceo, Inés Aqueveque, quien les llevó a Pérez Canto a la sala para que pudieran solucionar cara a cara sus problemas con el profesor.

En el contexto de la ola feminista de 2018, su compañera de generación, Bárbara Riveros, reunió una serie de testimonios relacionados con Pérez Canto y posteriormente subió un video a Instagram en donde lo denunciaba públicamente. Tan solo un par de días después, el 20 de junio, a Bárbara le notificaron que se iniciaba una investigación en su contra  por injurias y calumnias.

Presión mediática

Luego de aproximadamente dos semanas de investigación, y pese a que Bárbara incluyó en su defensa el testimonio de una de las víctimas de Pérez Canto, la Dirección de Educación Municipal (DEM), le comunicó por escrito que estaba expulsada del Liceo.

A Bárbara le dio rabia y al mismo tiempo alivio. No le gustaba la forma, pero sentía que al ser expulsada se había cumplido su sueño de salir del Liceo donde había vivido tantas malas experiencias. En medio de eso, una apoderada de la organización “Javierinas Dignas” se reunió con ella y finalmente la convenció de participar en una instancia de apelación.

Durante este proceso pasaron varias cosas: un grupo de apoderados fue a la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados a denunciar la situación de Bárbara y como consecuencia, todas las miradas se posaron sobre el Liceo. Ella, en tanto, seguía asistiendo a clases y tuvo que soportar que una de sus profesoras manifestara su apoyo público a Pérez Canto.

Tres días después de que Bárbara presentara su apelación, el consejo de profesores del Liceo retiró la sanción en su contra argumentando que contaban con nuevos antecedentes y así comenzaron los sumarios. Uno de ellos, para investigar a Pérez Canto y otro por encubrimiento, en contra de la directora Inés Aqueveque.

La misma semana, y a través de un comunicado, la Municipalidad de Santiago negó la expulsión.

Para Bárbara, el hecho de que el municipio asegurara que no hubo tal sanción tiene que ver con un intento de preservar la reputación del Liceo: “Yo creo que fue más por un tema de protegerse, de que no me siguieran haciendo entrevistas, de que no me siguieran llamando de las radios, porque si no iba a dañar la imagen de la intachable educación pública que hay en Santiago Centro. Es más que nada por una cuestión de seguir cuidando la imagen”.

 

(Fotografía: Hans Scott)

"Pasó en mi sala"

A finales de 2016, cinco alumnas del Liceo Experimental Manuel de Salas colgaron un papelógrafo en el que denunciaban las prácticas abusivas de su entonces profesor jefe, Rodrigo Domínguez, docente de planta, amigo de varios de sus colegas y conocido por ser un profesor “cercano”. Las y los estudiantes conocían sus prácticas machistas, agarraba los pezones a los niños y realizaba comentarios inapropiados sobre las niñas.

Todas estas conductas eran naturalizadas.

Por esta misma razón, la respuesta inicial de varios profesores del liceo fue ignorar las protestas de las alumnas. Un grupo de apoderados tuvo que denunciar a Domínguez en Fiscalía para que la dirección iniciara un sumario interno, liderado por los propios colegas de Rodrigo.

A inicios de 2017, el profesor volvió de las vacaciones de verano para desarrollar trabajo administrativo y hacer clases a un diferenciado. Cuando en los pasillos se topaba con las alumnas que lo denunciaron, las intimidaba. Ellas no solo tuvieron que pasar por instancias de re-victimización, también fueron cuestionadas por sus pares y por los profesores amigos de Domínguez. Según Julieta Acuña, ex alumna del Liceo Manuel de Salas, “Rodrigo tenía un núcleo súper duro”. Estaba emparejado con una profesora que le hizo clases a las niñas que lo denunciaron y además era muy amigo del ex profesor jefe del mismo curso.

Sintiéndose impotentes ante su situación y motivadas por los nulos resultados de la investigación sumaria, las denunciantes crearon una página de Facebook con testimonios que implicaban tanto a Domínguez como a otros profesores del establecimiento. A mediados de año, incluso llegaron a empapelar el colegio entero con las historias de violencia sexual que alumnas y ex alumnas compartieron en el “Pasó en mi sala”.

En el mismo contexto, otro grupo de alumnas del liceo, agrupadas en el Colectivo Feminista Violeta Parra, comenzaron a generar lo que sería el primer protocolo de acoso sexual para secundarios.

El protocolo

Natalia Toro, quien durante el año pasado fue parte de la comisión protocolo, considera que: “No tenía sentido armar un protocolo de pasos a seguir si nadie entendía que era el acoso sexual”.

Por esta razón lo primero que hicieron fue iniciar un proceso de concientización. Acompañadas por  la psicóloga del liceo y por un grupo de profesoras, la comisión protocolo organizó una serie de talleres que permitieron que todos los estamentos, incluidos los profesores preocupados porque: “ya no podían ser cariñosos con sus alumnos”. Todos pasarían a tener un conocimiento más acabado sobre violencia de género.

(También lee: "#LaChileDiceNo: La información como arma contra el acoso sexual")

Pasada esa etapa que se extendió a lo largo de todo el primer semestre, diez integrantes de la comisión se encargaron de redactar un protocolo que considerara el acoso entre los distintos estamentos. Para ello se realizó un trabajo en conjunto con profesoras, de modo que su perspectiva también fuera considerada. Así, las alumnas motivadoras de la creación del protocolo también cumplieron con la idea de que gran parte de  la comunidad participara en la elaboración del documento.

“Nosotras siempre apostamos a eso. Este proceso no iba a ser fructífero si es que no lo dábamos todos juntos”, afirma Pamela Russo, integrante de la comisión.

Mientras el protocolo estaba en proceso de redacción, el alumnado levantó un paro para pedir la salida definitiva de Domínguez y que el liceo reconociera públicamente la denuncia de acoso sexual.

A pesar de que la dirección intentó explicar porque nunca se emitió un comunicado que abordara la denuncia, Natalia considera que solo se trataba de pretextos: “Eran puras excusas para no dañar la imagen del colegio”. “Que feo se escucha que en el Manuel de Salas hubo acoso sexual y que un profesor estaba acosando a niñas de trece años”, agrega su compañera Monserrat Javalquinto.

En noviembre, una vez que las demandas de las y los estudiantes fueron escuchadas y el protocolo fue difundido, todos los estamentos del liceo realizaron votaciones para aprobar el documento.

Hoy en día el Liceo Manuel de Salas cuenta con un protocolo que aplica desde séptimo básico a cuarto medio y que especifica cómo llevar los procesos de investigación, el acompañamiento a las víctimas, las medidas cautelares y las sanciones. Sumado a esto, el documento también contempla la re-educación de aquellos que cometen violencia sexual.

Natalia lo justifica de la siguiente manera: “Los podemos echar de nuestra comunidad, pero no pueden seguir acosando en otras partes. No solo se trata de defender nuestro espacio, sino que todos los espacios”.

En concordancia con esto mismo, las redactoras del protocolo, en su mayoría ya egresadas de cuarto medio, conformaron el Frente contra la Violencia Sexual. Reunidas en este colectivo (que por mucho tiempo no tuvo un nombre que lo identificara), han hecho talleres en otras comunidades educativas y ya están pensando en salir de ese ámbito para llevar la discusión sobre la violencia sexual a espacios en donde es más difícil que se hagan ese tipo de reflexiones. Mientras tanto, la comunidad de su colegio se enfrenta a nuevos desafíos.

Sumado a los naturales problemas que conlleva trasladar lo escrito del protocolo a la práctica, a principios de agosto, el director del Liceo, Federico Tapia, presentó su renuncia al cargo.

Tapia, quien durante el año pasado facilitó el camino para la creación del protocolo, se vio obligado a renunciar ante una inminente denuncia por acoso sexual.

 

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