Hemos escuchado cientos de veces del fenómeno del pop coreano, pero ¿sabemos de la violencia que se vive en la industria del pop coreano?, ¿conocemos los tratos que reciben los idols?, ¿estamos conscientes de las estrictas dietas que deben seguir?, ¿consumimos K-Pop críticamente?

Por Nicolás Fuentes, Isidora Pinochet y Patricio Toro

Ilustración de portada por Tamara Katz

En plena época del reggaetón, cuando las calles respiraban perreo y los parlantes vibraban al ritmo de los beats urbanos, en otro rincón de internet comenzaba a expandirse el K-Pop. Ritmos muy distintos, sí, pero que con el paso del tiempo bandas como BTS, TWICE o Blackpink se adueñaron de nuestras listas de reproducción, de las vitrinas en Patronato, de parques como el San Borja e incluso de los escenarios más grandes del país.

Muchos se preguntan el porqué de esto, de su expansión y constancia en la popularidad a lo largo del tiempo. Para Constanza Jorquera, experta en la ola coreana (Hallyu), esto se da por varios factores. Por una parte, la hibridez del K-Pop: con letras que mezclan el coreano y el inglés, hacen de este género algo más atractivo. Por otro lado, el internet ha ayudado a su propagación alrededor del mundo.

Pero este fenómeno tiene otras razones que lo sustentan. Jorquera sostiene que tiene que ver la economía estable del país y así también lo asegura María Paz Donoso, periodista y experta en estudios asiáticos, quien propone que la llegada de esta cultura a países tan lejanos como el nuestro se debe a la variedad de productos de exportación. “Estamos viviendo Corea todo el día, pero no nos damos cuenta. Sus principios filosóficos y culturales llegan a través de aparatos como los celulares y autos”, afirma la periodista.

 

La máquina de hacer K-Pop

El pop coreano no es fácil de entender. Cuando comienzas a escucharlo estás entrando en un mundo gigante, donde lo que se ve hacia afuera es solo la punta de un iceberg que alberga toda una industria que funciona como engranaje. Sabemos que es una industria tremendamente estricta, pero pocos conocen el rol de las empresas en este universo.

Para conocer más a fondo cómo funciona esto, es importante saber que todo tiene un orden. Existen compañías que se encargan de buscar niños/as y adolescentes talentosos, a quienes les ofrecen contratos desde muy pequeños para hacerlos parte de su empresa. Estos contratos destacan por las prohibiciones que conllevan: desde controlar su vida académica hasta dedicarse exclusivamente al baile y canto. Así se transforman en trainees, quienes, si todo resulta bien, lograrán debutar como idols, pero la tarea no es fácil.

Ya dentro del grupo no viene el descanso. La cultura del esfuerzo reina en Oriente y así se aprecia dentro del K-Pop. Los idols trabajan duro todos los días para presentar las coordinadas presentaciones que vemos luego por YouTube.

También a través del esfuerzo se mide la importancia de los miembros: el más respetado es el que más sacrificio lleva consigo y, por consiguiente, la/el líder del grupo. Otros roles son el/la maknae, que es el de menor edad y el/la visual, que representa de mejor manera los estándares de belleza coreanos.

Por otra parte, dentro de las canciones también existe un orden, muchas veces criticado. Estas suelen seguir una línea que incorpora la secuencia verso-coro-verso y se agrega una estrofa de rap, lo que representa la variedad de sonidos que puedes encontrar dentro de este género, externalizados mediante sus performances.

Así nacen los roles según la habilidad: están el/la main dancer, quien mejor baila; el/la main vocal, quien mejor canta; y el/la main rapper, quien mejor rapea.

 

Orden disfrazado de rebeldía

Paralelo a los fantásticos y coloridos videoclips, a las extrañas pero pegadizas mezclas de géneros musicales, a la hipnotizante sincronía en sus pasos de baile, a los siempre cambiantes looks de los y las llamadas idols, existen otras realidades detrás de las pantallas que unen a estos artistas con el resto del mundo, sus fans.

Constanza Jorquera explica que es por obra de Internet que los/as fans pueden concretar un vínculo con los/as idols más allá de la música. “Vas creciendo con esa persona y generas redes de apoyo con otros fans a nivel mundial. Entonces, se crea una identidad y un sentido de pertenencia que te compromete más y creas más allá (como formar grupos tributos de baile, editar fanarts o hacer su propia merch y venderla en encuentros organizados por ellos/as mismas); se genera una industria paralela”, indica Constanza.

Por su parte, las grandes compañías, conscientes de esto, invierten en lo que se conoce como Star System, creando contenidos que no tienen relación con la música per se, sino con las vidas de los/as idols: vlogs diarios, realitys y/o películas sobre ellos/as.

Donoso explica que mientras el K-Pop es concebido por las agencias como un producto, los/as fanáticas lo interpretan como un estilo de vida. “Ahí se produce la dicotomía sobre qué estamos tomando como estilo de vida: un producto masivo que es producido en serie, donde los mismos cantantes son explotados para llegar a ese tipo de nivel, con ciertos valores que igual son positivos en Corea”, cuestiona.

Si bien el K-Pop tiene ciertos elementos de rebeldía en su estética y letras que muchas veces versan sobre el agotamiento a las presiones sociales, “en paralelo, promueven valores que son bien vistos por las sociedades coreanas: el esfuerzo, el competir, la perfección, el dar el todo por el todo. Al final, estás construyendo rebeldía, pero en el fondo igual consumes los valores que son aceptados allá. Es un orden disfrazado de rebeldía”, agrega la periodista.

Y es que los/as llamadas idols no solo reciben este nombre por sus indudables talentos. Sus seguidores, especialmente los/as coreanos, admiran profundamente a estos artistas, quienes se transforman en modelos a seguir para toda una comunidad que se mantiene atenta a cada paso que dan, incluso antes de darlos. Aquí es donde el amor y admiración adquiere un doble filo, pues la presión que ejercen sus fans, las compañías y los estándares sociales coreanos en estos artistas no pasan tan solo por cantar y bailar bien, sino por hacer, en definitiva, todo bien.

Los/as idols no tienen permitido equivocarse, no tienen permitido un cuerpo que escape de la talla S, no tienen permitido amar públicamente a un otro, pues su relación más importante es con los/as fans, para quienes deben mostrarse como ejemplos de valor y esfuerzo. El origen de estos estándares va mucho más allá de las grandes productoras, más allá de los/as fans, incluso más allá del mismo K-Pop.

Es bajo estos preceptos que funciona la sociedad surcoreana, prácticas que desde nuestra perspectiva sudaca parecieran imposibles, en Corea no escapan de lo cotidiano. Los/as idols vendrían a funcionar como vehículos que promueven valores acordes al estilo de vida ideal coreano: uno perfecto y moralista.

(Ilustración: Cabro Pesao)

El rostro más oscuro del K-Pop

Este 18 de diciembre se cumple un año desde la muerte de Kim Jong-hyun (27), integrante de la banda SHINee, quién se suicidó en su departamento en Seúl. Jong-hyun dejó por escrito que la depresión que acarreaba hace años terminó por devorarlo, cuestionando si realmente la fama era para él. Este es uno de los casos más emblemáticos del peso que conlleva mantener la imagen de un ídolo en esta industria.

El aspecto físico es otro tema de especial cuidado en Corea. Hace unos meses, Momo, integrante de TWICE, reveló que, a una semana del debut del grupo, JYP Entertainment le exigió bajar 7 kg. La idol comió un solo hielo durante esa semana, además de asistir al gimnasio todos los días. La cantante contó que cuando se acostaba a dormir le asustaba no despertar por lo débil que se sentía.

La exposición mediática es parte del trabajo de un idol, gajes del oficio, se podría decir. Por lo mismo es que las compañías cuidan a sus artistas de cualquier escándalo que pueda destruir su reputación. Razón por la cual muchos no tienen permitidos el uso de redes sociales, buscando evitar su sobreexposición. Incluso algunas compañías imponen como condición el llamado dating ban, lo que se traduce como la prohibición de relaciones románticas.

Así lo ilustra la reciente expulsión de la discográfica Cube Entertainment de HyunA y E’Dawn, integrantes de la banda Triple H, tras hacer público su noviazgo pues, según informó la compañía, rompieron los lazos de confianza y credibilidad entre ellos y la agencia.

Otro caso polémico es el de la banda The East Light, quienes denunciaron públicamente a la compañía Media Line Entertainment por maltrato. En una conferencia de prensa, Lee Suk Chul, líder de la banda, confesó que: “desde el 2015 hasta 2017, Yoon Young Il (productor de la agencia) me golpeaba con un bate de béisbol. Me dijeron que si le contaba a mis padres, me matarían. Mi hermano menor Lee Seung Hyun fue golpeado mientras estaba encerrado en un estudio en el piso 5. Lee Eun Sung (otro integrante de la banda) sangró muchas veces después de ser golpeado con un bate”.

Jorquera explica que para que esto acabe debe haber un cambio cultural de base, “al final, todo el tema del maltrato, salud o feminismo tiene que partir desde el cambio de la sociedad y eso en Corea, que es muy homogénea, es difícil”. En relación al rol del fan en este conflicto moral agrega que “tú puedes detestar a la agencia y saber que hacen contratos de esclavo, pero como tú creces con el idol y ves sus sacrificios, lo apoyas. Se hace esa separación. Lamentablemente no puedes hacer nada desde acá. Quizás quieras ayudar, pero los que tienen más influencia y presión real son los fans coreanos”.

 

Más allá del K-Pop: El esquema de la sociedad coreana

Como se mencionó anteriormente, la estética perfecta en los videos, los roles dentro de los grupos e incluso los malos tratos dentro del K-Pop responden a un factor fundamental dentro del pensamiento social del país: la cultura del esfuerzo.

La mayoría de los países en Asia son sociedades colectivistas, de ahí que gran parte del K-Pop este formado por grupos numerosos. Sin embargo, la parte sur de Corea sigue un esquema distinto. Tras la separación del país en 1945 y la posterior ocupación estadounidense de su parte inferior, los planteamientos de una sociedad más occidentalizada dentro de Corea comenzaron a tejerse. De esta forma, el impulso del capitalismo generó una dicotomía que sigue el planteamiento denominado “individualización dentro de la colectividad”.

Donoso lo explica de la siguiente forma: “Se está adoptando el individualismo como una forma de ser ciudadanos del mundo. Esto es: yo soy un idol, tengo ciertas características particulares que se identifican con un cierto tipo de fan, pero siempre en diferencia a otro miembro del grupo”.

Esta individualidad siempre irá en consonancia con los valores patrióticos: competitividad y esfuerzo. La competitividad es un valor que viene de occidente producto de la ocupación de Estados Unidos. De ahí la pugna entre Samsung (Corea) y Apple (E.E.U.U.). Por otro lado, la cultura del esfuerzo es el valor más encarnado en la sociedad surcoreana. La perfección, dar tu 100% y la suerte de casta de parias entre los “no aptos” responden a este paradigma.

Recién este año Corea del Sur bajó la jornada laboral de 68 a 52 horas semanales, dando un total de 2711 horas al año, cuando el promedio de la OCDE es de 1766. Además, según la OMS el país ocupa el décimo lugar en la tabla mundial de suicidio, siendo, en 2015, la mayor causa de muerte en el país.

Sin embargo, de a poco se suman voces que deciden levantarse en rechazo a las malas prácticas dentro del K-Pop. Desde dentro de la industria, el líder de The East Light confesó que se subían al escenario ocultando las cicatrices de violencia y abuso. No querían preocupar a sus fans. Cansado de este ciclo vicioso el cantante declaró: “No puedo quedarme más tiempo sentado mirando y decidí asistir a esta conferencia de prensa con la esperanza de que los abusos y el maltrato a menores en la escena K-Pop desaparezca de aquí en adelante”.

Desde el otro lado del mundo, Aracelly Tezada, integrante de una banda tributo a NCT Dream en Chile, explica su frustración pues para los fans “el problema está en que si dejamos de consumir K-Pop, la industria se pondría mucho más dura con ellos porque no están vendiendo. Entonces, si dejamos de escucharlo, le hacemos un daño a ellos más que a la empresa. Incluso me dañaría más a mí, porque el K-Pop me ha ayudado mucho a salir de la depresión, entonces, si dejara de escucharlos, quizás me perdería”, confiesa.

El problema no radica en escuchar K-Pop, sino hacerlo de forma consciente. Entendiendo las diferencias culturales que nos separan de Corea del Sur y conociendo todos los sacrificios que hay detrás de estos ídolos, sin normalizar la violencia subyacente a sus carreras ni culparlos/as por reproducir estereotipos de los que ellos/as mismos/as son prisioneros/as.

 

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