Nacer y criarse en cualquier lugar que no sea Santiago obliga a sus habitantes a moverse dentro de las pocas oportunidades que tienen. Esta situación se acentúa más en los extremos de Chile y está provocando que perdamos nuestra cultura a cambio del incierto sueño de un mejor vivir.

Por Valentina Camilla-Araya 

“Yo nací en Huara, en la salitrera Ramírez. Tras el cierre de ésta llegué hasta sexto básico. Para seguir estudiando debía ir a Iquique y no pude. Mis hermanos pudieron porque se fueron a Copiapó, La Serena y Santiago”, cuenta la señora Marujita, mientras suena una cumbia chicha de fondo, en un almacén antiguo de techo alto y plano, como en todas las casas del norte.

Estudiar en los pueblos rurales del norte de Chile, ha sido históricamente difícil estudiar a 70 km del centro de la ciudad.  Las enormes distancias entre una localidad y otra, la mala conectividad de los caminos, la pobreza tras la crisis salitrera,el escaso capital cultural que llega a las ciudades y la poca especialización en diversos ámbitos -que no sean la minería-, han hecho que los jóvenes deban salir de sus lugares de origen en busca de otra forma de vida.

A casi 80 kilómetros al norte de Iquique se encuentra Huara. Un pueblo que posee unos 1.130 habitantes, y en el que se levanta un liceo al que asisten 320 niños de distintas localidades. 

Rosa Venegas es una mujer que ha vivido en carne propia la injusticia del centralismo. “Todo cambió. Cuando yo llegué acá había harta gente, hartos niños, todo. Ahora no hay nada”, cuenta aludiendo a la migración de la gente debido a la escasez de oportunidades.

En las tardes pampinas, Rosita -como es conocida en el pueblo- sale a recorrer las cercanías de la salitrera Santa Rosa en donde vivió hasta que la crisis del salitre arrasó con todo. Hoy se dedica a buscar distintas cosas que quedaron olvidadas en el desierto para sentirse más cerca de lo que del lugar en donde vivió su infancia, lugar del cual todo fue arrebatado por la modernidad. 

El pueblo aymara y la educación

El sistema educacional actual ha renegado  de los pueblos originarios cada vez que se abordan con poca profunidad dentro de las clases de historia. Esta situación proviene desde el proceso de chilenización del pueblo aymara, que se concretó durante gran parte del siglo XX, cuando se obligó a las comunidades a disolverse, lo que generó una pérdida de sus raíces. El proceso de chilenización obligó a los jóvenes de la comunidad aymara a realizar el servicio militar, y se les insertó a golpes las ideologías patrióticas.

El panorama en el norte chileno ha sido el mismo por décadas. Se han expropiado los recursos que podrían aportar al desarrollo de la zona. La centralización está arrasando con todo; Con la cultura, su gente, la vida y los sueños, sueños delimitados por el lugar donde naciste. 

Publicado en Revista Bello Público #78

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