“Yo quiero estudiar, yo quiero estudiar, pa’ no ser fuerza especial”.
Lo escucho en todas las marchas, desde que era secundaria. Se me encoge el corazón porque pienso en mi papá y en las conversaciones en las que una y otra vez me recalcaba la importancia de ir a la universidad, y por sobre todo, tener un trabajo que a uno le guste.

Por Paula Rivera Carreño

Él no pudo estudiar porque en su casa no había plata, así de simple, y sé que no es el único al que le pasó lo mismo.

En la U mantuve en secreto el trabajo de mi papá. Tenía claro todos los prejuicios que eso conlleva; sólo lo sabía un grupo de amigos en el que para mi sorpresa, había otras dos hijas de pacos.

Llegó un jueves de movilizacion, y una de mis compañeras me dice que no puede salir a marchar porque “le estaría cagando la carrera a mi papá y a mi hermano. Tú sabí poh”.

No, yo no sabía. Mi papá nunca me prohibió marchar y tampoco él podía pensar en algún argumento para que se negara. Mi mamá es profesora, y estando embarazada de mí, ella se manifestaba por su gremio; en mi casa, hasta el momento, nunca había sido un tema.

Represores y reprimidos

Me indigna la represión, como asumo que le indigna a todos y todas, y más aún si soy gomezmillana y he sido testigo de la represión policial, en Macul con Grecia, cuando camino a tomar la micro. Los pacos, siendo fuerzas especiales o no, son víctimas del sistema. Muchos -y si es que no, la mayoría- entran a la institución para superar la pobreza, porque es una opción de trabajo rentable, de la que no se necesita más que cuarto medio para ingresar y no se necesita ser un erudito para ascender y tener una “carrera” decente.

Los pacos no tienen sindicato, ni se organizan entre ellos. Están sometidos a una jerarquía que muchas veces sólo sabe de abusos contra los más jóvenes, las mujeres -independiente de su grado-, los gordos, los huasos, los y las homosexuales y aquellos que no tienen un carácter fuerte. Muchos eligen este camino para salir de un ambiente inhóspito, con el sueño permanente de “surgir” para ser “alguien en la vida”. Según mi papá, varios pacos estuvieron en centros del Sename y con el cuarto medio -apenas- lograron entrar.

Los fuerzas especiales saben de miedo, el que ellos provocan y también el que tienen. ¡Sí!, tienen miedo, y por un miserable porcentaje de aumento en su sueldo de paco se someten a uno de los trabajos más hipócritas que existen.

Así como yo llamo a mi casa, después de la marcha, avisando que estoy bien, me imagino que muchos de ellos hacen lo mismo. Me gusta ver sus ojos rojos por la lacrimógena y el terror que les da quedarse solos con la masa. Me imagino que piensan en sus hijos/as, parejas, padres y madres.

Al final del día, es verdad que son cafiches del Estado y seguramente lo saben. El cuerpo a cuerpo no es algo personal. Son piedras para el Gobierno y para el Estado incapaz. Una lucha que no sabe de nombres ni apellidos. ¿Qué es Carabineros de Chile?, ¿será el piquete de pacos represores?, ¿o esos pacos de comisaría que sólo saben de trámites?, ¿quizás esos bien vestidos que están en La Moneda?, ¿o esos de campo que dan indicaciones en medio de la nada? Pues, ninguna de esta es la respuesta. Carabineros de Chile es una institución que pertenece al Estado, por lo tanto, quienes trabajan ahí son empleados públicos y están sometidos al gobierno de turno.

Es verdad, no se mandan solos. En esa infinita verticalidad siempre hay alguien más arriba, él éste que mandó a éste otro y así, infinitamente, todo amparado por la justicia militar. Son obreros armados del Estado.

Paco, farsante, tu hijo es estudiante

Un sueldo de suboficial -los oficiales son otro cuento- con un promedio de 25 años de servicio, o sea, entre 45 a 50 años de edad, no alcanza para pagar uno o dos aranceles universitarios. Lo sé, porque en mi casa mi hermano y yo estudiamos con beneficios estatales y él arrastra una deuda de 4 millones de una primera carrera que no terminó.

Amigos, amigas, compañeros y compañeras de universidad repiten la misma historia, que con mentiras alcanzan una beca o un crédito, que si bien sigue siendo insuficiente, sin la lucha incesante de los últimos 10 años no sería posible este beneficio.

Sin embargo, en esas mismas luchas, donde los pacos han sido aliados del enemigo, elementos represores, infiltrados y protagonistas en hechos de violencia son los que hicieron posible que sus hijos e hijas puedan entrar a la educación superior. Le mentimos al Estado poniendo a nuestros papás separados, inventando pensiones, aparecen las abuelas allegadas y un sinfín de mentiras. Todo para lograr algo no tan miserable como el CAE, aguantar los aranceles y los gastos de aquellos y aquellas que dejamos en el hogar.

Única solución: REVOLUCIÓN! (y educación)

Me crió un hombre crítico de la Institución, no un fanático como los que se adoctrinan, enceguecen y coartan el accionar y pensar de sus familiares. Es necesario replantear una y otra vez el análisis del sistema enfermo en el que estamos insertos; tener en cuenta a quienes toca, cómo se manipulan las circunstancias para dividirnos y aquellos y aquellas a quienes el mercado limitó sus posibilidades de decidir.

Para mi papá, cuando se habla de pacos, la educación es el problema y solución.

Publicado en RBP#77 Junio - Julio 2017

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