Uno de los barrios tradicionales más destacados de la capital ha quedado en el olvido poco a poco. Las autoridades hacen oídos sordos y sus residentes ya no saben qué hacer para recuperarlo.

 

Por Amaranta Llanos y Nicole Dagnino
Fotografía por Camila Pérez

En el centro de Santiago, al este de Quinta Normal, encontramos el pintoresco barrio histórico, ese que muestran en la televisión por su diversidad y vida tranquila, el que destaca por las imponentes infraestructuras del siglo XIX, que llenan las calles con sus colores. El Barrio Yungay, conocido como el “primer barrio de Chile”, comenzó a levantarse en 1839 y desde entonces distintas casas de la aristocracia quedaron ahí para el recuerdo.

Grandes personajes de la historia chilena han vivido ahí, desde Ignacio Domeyko hasta Violeta Parra. Sin embargo, la realidad que se esconde entre Matucana y Cumming es muy distinta a lo que normalmente se muestra. Cuando baja la luz del sol, el pintoresco y alegre barrio Yungay se transforma en un mundo muy diferente al que destacan las autoridades en sus discursos o el que vende la televisión. Realidad que envuelve a la gran mayoría de los sectores patrimoniales y populares del territorio chileno, un panorama crudo y hostil que envuelve a todos los pobladores y que, pese a sus reclamos, las respuestas brillan por su ausencia.

 

Patrimonio en el olvido

Cuando se habla del barrio, pensamos en las casas que dejó la aristocracia y se nos viene a la cabeza el monumento al Roto Chileno, ubicado en la Plaza Yungay o la imponente iglesia que se levanta frente a ella. Pero este mundo creado por las autoridades, la publicidad y los medios de comunicación, se cae a pedazos desde el momento en que se llega a este lugar.

La Iglesia San Saturnino, o lo que queda de ella luego del terremoto, está cerrada por reparaciones que llevan esperando años. Su fachada está cubierta de rayados, graffitis y murales. El lugar huele a orina y lo rodean botellas rotas y basura. Hay un afiche que destaca por sobre los otros, pero no es una expresión artística, es un grito de auxilio donde piden donaciones económicas a los vecinos para la reconstrucción del edificio, abandonado por el municipio y el gobierno.

 

Esto se repite al avanzar por las calles del barrio: el olvido de las casas patrimoniales es claro y se van sobrepoblando poco a poco. La pintura se descascara, aumentan los terrenos baldíos llenos de basura. En el mes de enero, la Municipalidad de Santiago se inmiscuye en este barrio celebrando la fiesta con nombre homónimo. Sin embargo, el resto del año se olvidan de ellos y los dejan abandonados y sin apoyo. Es otro intento de hacerle creer a los residentes que las autoridades están presentes.

Síntoma de la xenofobia

La mayoría de las antiguas edificaciones que en su momento fueron propiedad de la élite de la capital, hoy se remiten a centros de hacinamiento para los inmigrantes. Se arriendan por piezas y las condiciones suelen ser precarias. El incremento de la población que viene de tierras más lejanas es notorio y junto a esto, se hace presente la triste realidad de la discriminación.

El choque cultural que se da dentro del barrio genera una diversidad de costumbres y tradiciones que genera una otredad. Aquel extranjero que es distinto del chileno le provoca un rechazo, avalando y naturalizando banales comentarios que finalmente culminan en una exacerbada xenofobia. Si bien es cierto que la delincuencia en Chile azota a la mayoría de las poblaciones y sectores de santiago, el Barrio Yungay no es la excepción. Los mismos pobladores comienzan a buscar culpables y responsabilizan al “nuevo”, al que viene de afuera, del incremento del crimen y el deterioro del barrio en general.

La realidad nocturna

Pero no hay sólo olvido y xenofobia en el barrio. Quienes viven en él, acusan la poca seguridad. Esa vida de barrio, tranquila, calmada no existe y cuando se esconde el sol y se prende la luminaria pública, Yungay se transforma. Grupos contrarios se enfrentan constantemente de manera violenta, ha aumentado el narcotráfico, y las masas se mueven hacia el sector para conseguir lo que buscan, pero nadie hace nada. Carabineros ya no se hace presente. “Dejan que se maten no más”, acusa una de las residentes. .

Asesinatos y asaltos, junto con los constantes conflictos, ha provocado que la gente se sienta insegura. Han recurrido a las autoridades para denunciar la situación pero ya nadie los escucha, nadie los toma en cuenta.

Es esto lo que acusan sus residentes, los oídos sordos de las autoridades que llevan años  ignorando las necesidades del barrio. La verdad es que no se hacen cargo, pese a la organización de sus residentes, ya no los consideran y las autoridades aparecen sólo para las fotos y observan desde lejos cómo poco a poco desaparece el patrimonio que dicen proteger.

 PUBLICADO EN RBP #83 SEPTIEMBRE - OCTUBRE

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