Actualmente, educar en materia de sexualidad y afectividad está en manos de privados y de la ideología de cada colegio. Efectos que van desde la culpa hasta embarazos adolescentes son parte de la ausencia de una política que asegure la implementación de programas que velen por los derechos sexuales y reproductivos de las personas.

Por Camila Magnet Morales y Catalina Parra Doll

Finalizaba el 2010 cuando el ministro de Educación de aquel entonces, Joaquín Lavín, anunció la implementación de siete programas de educación sexual certificados por el Ministerio de Educación (Mineduc). Se entregaron a los colegios diversas opciones -de enfoques diferentes- a su elección para formar a sus estudiantes en materia de sexualidad y afectividad.

Se trataba de los programas “Aprendizaje, Sexualidad y Afectividad” (PASA) de la Facultad de Psicología de la Universidad de Chile, “Teen Star” de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Católica, “de Educación en valores de la Afectividad y la Sexualidad”, del Centro de Estudios de la Familia (Universidad San Sebastián), entre otros. 

La Ley 20.418 indica “Los establecimientos educacionales reconocidos por el Estado deberán incluir dentro del ciclo de Enseñanza Media un programa de educación sexual, el cual, según sus principios y valores, incluya contenidos que propendan a una sexualidad responsable e informe de manera completa sobre los diversos métodos anticonceptivos existentes y autorizados, de acuerdo al proyecto educativo, convicciones y creencias que adopte e imparta cada establecimiento educacional en conjunto con los centros de padres y apoderados”.

 

Con este modelo el gobierno dejó en manos de privados la fijación de lineamientos en esta materia. Mercantilizaron la vía de una política pública de educación sexual, prácticamente desentendiéndose de esta problemática y dejándola a disposición de cada establecimiento educacional, según su ideología.

 

El hecho de que cada establecimiento asuma por su cuenta esta responsabilidad ha dejado un vacío en la mente de los y las estudiantes, que, sin duda, trae consecuencias.

La píldora no es educación 

Las mujeres menores de 14 años que utilizan métodos anticonceptivos se triplicaron en los últimos cinco años. Así lo indica el último reporte del Departamento de Estadísticas e Informaciones de Salud, que revela que en 2016 había 23.475 adolescentes registradas en el programa de control de regulación de fecundidad estatal, es decir, un 239% más que las 6.917 contabilizadas en 2011.

De todas maneras, la entrega de la píldora del día después no necesariamente está asociada a una política estatal en materia de educación sexual. Es decir, no hay cómo asegurar que la disminución de estas cifras se deba a una aplicación efectiva de los programas de sexualidad.

Para María José Oyarzún, matrona del equipo de salud de la Asociación Chilena de Protección de la Familia (Aprofa), una buena educación sexual debe basarse en los derechos sexuales y reproductivos. “O sea, a mí no me importa lo que tú vayas a hacer, pero hazlo informado. Te doy toda la información y tú eliges. Estamos acostumbrados a tener un profesional de la salud que nos dice lo que tenemos que hacer, como ‘lo que debes hacer es usar preservativo’”, dice.

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C.S tenía 15 años en 2013 y llevaba un año pololeando cuando tuvo su primera relación sexual sin protección ni tener muy claro qué estaba haciendo. Sólo sabía que había sido un error.

Al día siguiente estaba insegura; sentía miedo y culpa. En este estado tuvo que enfrentar a su padre. “¿Pasó lo que no tenía que pasar?”, le preguntó a su hija al ver su cara de angustia y sin poder emitir palabras. Ella sólo asintió y juntos se dirigieron al consultorio a pedir la píldora del día después. Tenía 75 por ciento de probabilidades de resultar. Resultó.

Desde ese día comenzó a ir mensualmente al consultorio a un control con la matrona para implementarse la inyección anticonceptiva, soportando que le preguntaran la edad hasta tres veces por visita y exponiéndose a las miradas de una sala de espera que concentraba los prejuicios de una sociedad conservadora. Probablemente C.S. se pudo haber ahorrado estas situaciones si hubiera optado por ingerir pastillas anticonceptivas, pero no tuvo alternativa: “éstas implicaban mucha responsabilidad para una niña de 15 años”, cuenta que le advirtieron en ese entonces.

La omisión de información respecto de la elección de un método anticonceptivo actualmente infringe la Ley que se refiere a la educación sexual en Chile, pues ésta tipifica que “toda persona tiene derecho a elegir libremente, sin coacción de ninguna clase y de acuerdo a sus creencias o formación, los métodos de regulación de la fertilidad femenina y masculina, que cuenten con la debida autorización y, del mismo modo, acceder efectivamente a ellos”.

El enfoque predilecto 

En clases de biología de cuarto medio, separadas en hombres y mujeres, fue cuando por primera vez instruyeron a C.S sobre enfermedades de transmisión sexual (ETS) y métodos anticonceptivos a través de exposiciones interactivas. Información útil, pero que además de llegar tres años tarde se entregó desde una visión culposa, abstencionista y nociva.

C.S. recuerda la creación de un imaginario morboso en torno a la sexualidad. Cuenta cuando para esas presentaciones la profesora les pidió que usaran la mayor cantidad de imágenes explícitas. “Ella quería generar asco en nosotros para que evitáramos a toda costa tener relaciones sexuales”, asegura C.S.

Para el psicólogo y sexólogo Daniel Reyes, quien ha investigado la aplicación de los programas de educación sexual en Chile, los programas que promueven la abstinencia sexual tienen fines evidentemente conservadores que también se pueden ver representados en “la forma en que se trata la diversidad sexual o cómo se concibe el género, la violencia y el rol de la mujer”, entre otras prácticas, dice.

De acuerdo con su estudio “La gestión de la educación sexual en el marco de una política desacoplada”, un 85 por ciento de los establecimientos encuestados incorporan dentro de sus objetivos la abstinencia sexual. Los colegios religiosos y privados son los más cercanos a este enfoque; mientras un 32,4 por ciento de los religiosos lo aplican, sólo el 5,1 de los laicos lo hace.

Según Mauricio Manquepillán, miembro de la Unidad de Equidad de Género del Ministerio de Educación, estos programas no serían eficientes, porque se les impone una realidad a los estudiantes que no es necesariamente congruente con sus prácticas sexuales. “No empoderan al adolescente, sino que les prohíben actos que posiblemente ya iniciaron”, comenta.

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Javier cursaba cuarto medio en el Instituto Alonso de Ercilla cuando supo que tendría una hija con su pareja un año menor que él. Para él, la educación sexual que recibió en su colegio fue una de las causas de ello: “Recién en tercero medio nos pasaron guías con algunas cosas de sexualidad, pero eran insuficientes”.

Al igual que el 96 por ciento de los colegios con programas de sexualidad, los pocos conocimientos que le fueron entregados en esa materia fueron abordados en la clase de ciencias naturales, desde un punto de vista biológico.

“En mi colegio nunca hubo un programa sistemático de sexualidad y afectividad”, cuenta Javier -egresado de un establecimiento perteneciente a la Congregación de Hermanos Maristas- a pesar de que éste tenía contratado el programa de educación sexual más popular entre las escuelas con enseñanza media, Teen star.

De todos modos, el colegio de Javier no sigue estrictamente lo que Teen Star estipula en su programa de formación. Miguel Del Río, director ejecutivo del programa, menciona que en reiteradas ocasiones deben hablar con los establecimientos que compran el programa producto de una incoherencia con lo que ofrecen como organización. “Cuando vamos a presentar el programa a algún colegio le pedimos que vean si coincide con la línea educativa de su colegio. No tenemos ningún problema en que lo adapten, lo único que les pedimos es que no digan que es Teen Star”, dice.

Además de un contexto conservador en la escuela, Javier vivió lo mismo en su casa, por lo que no recibió orientaciones desde ningún espacio. Cuando inició su relación, sus padres no le advirtieron sobre las medidas de precaución que debía tomar, por el contrario, “mi mamá prácticamente me decía que no tuviera sexo”, cuenta.

De todas maneras, Javier asegura ser consciente de que cada uno es responsable de lo que hace, “pero es obvio que incide el hecho de que no tengas un ejemplo a la vista, porque eres pendejo, con las hormonas funcionando al ciento por ciento y quieres descubrir nuevas experiencias. Fui un pendejo caliente y estúpido”, expresa.

Sin autoconocimiento ni afectividad 

El colegio de C.S. era católico y aplicaba un programa formativo de sexualidad y afectividad propio. En él se utilizan términos como “autoconocimiento”, pero desde una perspectiva identitaria, trabajando sólo la autoestima de los y las estudiantes. “Me dolió mucho cuando me di cuenta de que cedí el derecho a que otra persona conociera mi cuerpo mejor yo. Yo no conocí mis órganos genitales hasta mucho tiempo después”, dice.

Un estudio realizado en 2012 por estudiantes de la Universidad de Santiago de Chile y la Universidad Internacional SEK sobre las conductas sexuales de hombres y mujeres chilenos, demuestra la poca experiencia que tienen las mujeres masturbándose: el 16,3% dice no haberlo hecho nunca, pero no existe ningún hombre que puede afirmar lo mismo.

La psicóloga, sexóloga y terapeuta Laura Leal asegura a base de la experiencia que ha adquirido impartiendo talleres de autogestión del goce que “muchas chicas no saben distinguir entre un orgasmo y un no orgasmo, entre un placer y un displacer, qué desean y cómo lo desean, porque nos han impuesto la heteronorma y que tenemos que amar a un otro antes que a nosotras mismas”.

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“Nunca hablaron sobre el placer, la afectividad o el autoconocimiento”, cuenta Javier, y asegura que el nulo tratamiento del tema fue generando una juventud igual de conservadora: “Mis compañeros eran súper cartuchos, en parte porque era un colegio de hombres, y cuando empezamos a tener nuestras primeras experiencias, hablábamos de mujeres, pero no de los posibles efectos de las relaciones. Nunca nos preguntamos cómo nos estábamos cuidando, si estábamos usando condón o no. No fue tema ni siquiera entre nosotros mismos”.

Como posible consecuencia del sistema aplicado, en el Instituto Alonso de Ercilla era casi común la paternidad entre los estudiantes. Curiosamente, en tres generaciones seguidas “hubo una explosión de papás jóvenes”, recuerda Javier, refiriéndose a cerca de 20 casos. “Había niños de segundo medio que tenían dos hijos con dos mujeres distintas”, cuenta. A pesar de este panorama, el colegio nunca decidió enfrentar esta realidad con un cambio en sus políticas de educación sexual, sino que prefirieron verlos como casos aislados y mantenerse al margen de la situación.

Modelo intacto

En 2010, el Ministerio de Salud Pública describió la Ley 20.418 como aquella que “fija normas sobre información, orientación y prestaciones en materia de regulación de la fertilidad”. Han pasado siete años y dicha ley continúa con la misma descripción.

Independiente del tipo de establecimiento educacional, las consecuencias de una educación sexual deficiente, enfocada en la biología, son parte del proceso básico y secundario de la educación en Chile. Sólo queda esperar si esta vez los líderes políticos electos se quedarán al margen o se involucraran en otra de las deudas que el Estado tiene hoy en materia de educación.

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