La Casa de Bello promueve en sus aulas la confluencia de diversas realidades provenientes de todos los rincones del país. Sin embargo, las y los beneficiarios del programa de hogares universitarios, experimentan de manera diaria que asegurarles una vivienda no es directamente un sinónimo de bienestar. Por eso se organizan y luchan para evitar que la promesa de apertura y desarrollo académico se diluya en los vaivenes de una burocracia institucional.

Por Javiera Arias, César H. Navarro y Leslie S. Castillo

Fotografías por Manuel Pincheira

A mediados de 2017 los hogares universitarios de la U fueron noticia por las condiciones en las que reciben a sus beneficiarios. Las y los residentes, cansados de la espera y promesas, decidieron iniciar una campaña que exponga la realidad a la que se enfrentaban durante su formación académica: hongos, filtraciones de agua, hacinamiento, cortes de luz, falta de mobiliario, ratones, entre otras.

El Programa de Hogares Universitarios es un beneficio otorgado por la Casa de Bello y es administrado por la Dirección de Bienestar Estudiantil (DBE), dependiente de la Vicerrectoría de Asuntos Estudiantiles y Comunitarios (VAEC). Este programa está destinado a proporcionar residencia y alimentación a los y las estudiantes de pregrado que provienen de regiones distintas a la Metropolitana y/o que no cuentan con los recursos suficientes para mantenerse de manera independiente en Santiago.

Llegar a la gran capital (o no disponer de una vivienda dentro de ella) implica un desafío y una pesada carga en una maleta llena de sueños, presiones, dudas y expectativas. Esto se torna aún más complejo cuando la única opción de residencia estable y segura es un espacio donde hay que aprender a vivir en comunidad y adaptarse a un lugar que será un nuevo hogar. Lo que en la práctica debiese resultar cómodo y ameno para sus residentes, en la Chile se convirtió en una preocupación.

Actualmente se han logrado avances en algunas materias, particularmente respecto a problemas de infraestructura a través de reparaciones varias y también con la compra de mobiliario nuevo. Sin embargo, esto no es suficiente y aún no se da una solución concreta a problemáticas que se arrastran desde hace años y que tienen una raíz institucional mucho más profunda.

 

Un beneficio paradójico

Catalina Pereira y Cecilia Kiefer son delegadas y residentes del hogar femenino Mario Ojeda, el cual en sus amplios 1448 metros cuadrados, presenta piezas con hongos, baños con filtraciones, salas de estudio sin luz y problemas en las conexiones eléctricas.

“Para que se solucionen los problemas hay que hinchar no más. Ir y golpear la puerta. Todo es una lucha, cada ganada ha sido una”, cuentan mientras transitan a paso firme por la oscuridad de pasillos interiores sin luz artificial. “La calefacción en los espacios comunes fue una lucha, tener platos, tener un refrigerador aparte, poder entrar a la cocina en cualquier horario, incluso tener llaves propias”, relatan recordando un pasado que a muchas personas les resultaría extraño vincular con una experiencia hogareña.

 

 

La Universidad de Chile cuenta con tres hogares no mixtos (dos para hombres y uno para mujeres) con una vacante total aproximada para 120 personas. Los requisitos para optar a un cupo exigen pertenecer a una región que no sea la Metropolitana y/o no contar con una red de apoyo en esta, acreditar una situación de vulnerabilidad socioeconómica y ser alumno/a regular. Igualmente, se cancela una mensualidad de acuerdo al quintil perteneciente (el monto mínimo es de $54.700 y el máximo de $70.180). Sin embargo, lo que debiese ser un entorno que potencia y ampara la formación académica, termina siendo todo lo contrario.

En la calle Ernesto Guardia Marina de Santiago Centro, se ubica el hogar masculino Juan Gómez Millas. El edificio que actualmente alberga 32 estudiantes, y además presenta problemas eléctricos, ha comenzado a sentir la pesada carga del hacinamiento: “La capacidad asignada a los dormitorios no responde a la realidad. Se obliga a nuestros compañeros a vivir una situación incómoda en el espacio más personal que se puede tener al vivir en comunidad”, cuenta Ignacio Escobar, representante y residente del hogar.

El año pasado el problema llegó a tal punto que los estudiantes decidieron tomarse la antigua casa del administrador para adecuarla con recursos propios y así lograr una descongestión del espacio. Debido a lo irregular del proceso y las presiones internas, tuvieron que abandonar el lugar, pero con la promesa institucional de que sería habilitado a futuro. Para Ignacio Escobar el impacto académico es claro: “todos los problemas que tenemos, su tardía solución, y pertenecer a una clase social vulnerable, van determinando patrones de conducta que afectan a los compañeros en su espacio de estudio y descanso”, argumenta.

La principal crítica que levantan las y los estudiantes es que la institucionalidad no ha dado respuestas oportunas a situaciones urgentes y solo han recurrido a soluciones parche. Particularmente, apuntan sus dardos a la Dirección de Bienestar Estudiantil y la burocracia que la rodea. Desde la instancia, asumen y reconocen los problemas, pero también argumentan que ha habido cambios. Además de encontrarse trabajando para mejorar la calidad de vida de los estudiantes.

Así lo corrobora Matías Martínez, representante del Paulina Starr, el otro hogar masculino. Entró hace cinco años y reconoce que la primera impresión que se llevó fue de impacto al evidenciar la precariedad de las instalaciones, donde se llovían las piezas y los dos baños disponibles para 30 personas no estaban del todo operativos. Ahora cuenta que dentro del último tiempo ha habido varias soluciones (algo que se podría asociar al aumento de las movilizaciones levantadas) sin embargo, él también lo atribuye al cambio del equipo a cargo del programa.

En la misma línea, Matías apunta a lo paradójico de la situación, ya que, es un beneficio que termina siendo perjudicial: “esto literalmente es una beca y como beneficio no debería presentar todas las fallas que tiene. No hay voluntad de las autoridades para mejorar el proyecto. Es contradictorio que en una universidad pública el acceso a la educación no vaya de la mano con que estos beneficios sean beneficios y no más cachos. Hay procesos en la Universidad que suenan muy bien en el papel, pero la realidad es otra”, sentencia.

 

 

 

“No somos muebles, somos personas”

La Universidad de Chile, como toda institución pública, presenta un entramado de jerarquías y canales que recorrer para validar cada proceso. Aquella burocracia que de todo lleva registro y necesita aprobación, sustenta sus decisiones y construye una imagen de la realidad a partir de los datos presentados por informes técnicos de equipos especializados. Es así como dentro del Programa de Hogares se define el presupuesto a utilizar, la cantidad de implementos que necesitan, residentes por habitación y se evalúa el estado de las instalaciones. Siendo esto mismo lo que las y los estudiantes critican por no dar cuenta de sus reales necesidades.

A finales de marzo, tras un informe elaborado y validado por la Dirección de Servicios e Infraestructura (DSI), la DBE comunicó a los y las residentes el estado de vacantes para el 2018 respecto al año anterior. La cantidad de cupos de los hogares masculinos se mantendría. En cambio, para el Hogar Mario Ojeda, la capacidad se redujo de 71 a 65 personas. Esta modificación (validada por el estudio de planimetría) nace de la inquietud de las mismas residentes por espacios cómodos y alejados del hacinamiento. Ellas argumentan que “si vamos a recibir a más niñas, las vamos a recibir bien; en un lugar donde puedan vivir bien y tener su espacio. La dignidad es realmente la base de lo que vamos a pelear todos los días a Torre 15”, afirman sus delegadas.

“Dicen que hay que optimizar espacios. Tenemos habitaciones donde el papel establece que entran tres camas, pero es porque las están poniendo al lado de ventanas corredizas que dan a un pasillo, o bloqueando armarios empotrados. Incluso hay ventanas que no se pueden abrir o no ingresa luz porque hay armarios bloqueando. Nosotras les insistimos sobre la calidad de vida, pero no aceptan argumentos que no sean estructurales. Les decimos que no somos muebles, somos personas”, cuenta Catalina y Cecilia sobre el hogar Mario Ojeda.

Jennifer Canales, asistente social de la Dirección de Bienestar Estudiantil, asume que hay un problema dentro de la burocracia y explica que se está trabajando para mejorar los procesos. Al mismo tiempo, tiene claridad en las situaciones urgentes y la necesidad de hallarles pronta solución, pero argumenta que no cuentan con un fondo definido y destinado a abordar los problemas domésticos más comunes o reemplazar elementos por desgaste natural de uso. Así reconoce una problemática presupuestaria y lo ideal que sería contar con más recursos.

Aquella preocupación se corrobora en el quinto boletín que crearon y presentaron dentro del primer semestre de 2017. En él se clarifica que al mismo año, el presupuesto fue de $207.778.000 pesos ($159.978.000 otorgados por la institución y $47.800.000 provenientes del pago de la mensualidad de los residentes), pero aun así ellas elevan, dentro de sus desafíos, la solicitud urgente por más fondos que permitan llevar las mantenciones correspondientes. El sustento de esta petición se encuentra en los informes emanados de la DSI que establecen que “las instalaciones de los hogares deben responder a un estándar que asegure no sólo su buen funcionamiento, sino que también reduzca posibles riesgos en sus condiciones de habitabilidad”.

Desde Bienestar Fech, Rodrigo Mallea, corrobora esta preocupación por los recursos pero cree que se debe a una falta de priorización: “hay una falta de recursos que es bastante problemática, porque convengamos que a la Universidad plata no le falta. Es un tema de distribución, donde no se ve que le pongan el mismo esfuerzo que para otras iniciativas”.

En la misma línea argumenta que la U adopta un compromiso a medias ya que: “la publicidad que ésta hace invita a todas las realidades a hacerse parte. Pero yo me pregunto si de verdad todas pueden. Si no vivimos en las condiciones mínimas para desenvolvernos como personas, entonces, cómo nos vamos a desenvolver como estudiantes y profesionales”, opina respecto a la situación de los hogares al observar problemas en condiciones básicas de vida que se deben arreglar a la brevedad.

Producto de la movilización en 2017, se acordó levantar instancias de diálogo. Al cierre de este reportaje, aún se encontraban en tramitación legal los decretos responsables de permitir e instaurar una mesa de trabajo (entre la DBE, Bienestar Fech y los tres hogares) que opere resolviendo las situaciones conflictivas.

Desde la Dirección de Bienestar Estudiantil aseguran que están trabajando en nuevos proyectos para ampliar el alcance de los beneficios, conseguir fondos y reparar las urgencias inmediatas en los hogares. Por ahora, además, se encuentra en consideración y gestión, la implementación de una nueva residencia con un nuevo modelo operativo.

 

 

 

Catalina y Cecilia, cuentan que la razón que las impulsó a tomar una responsabilidad de representación es el bienestar de sus compañeras en el Mario Ojeda. Ellas son su casa y familia, por lo cual no permitirán se les pase a llevar su dignidad. Por su parte, Ignacio del hogar Juan Gómez Millas, dice que tomó la decisión por creer en sus compañeros, preocuparse por su bienestar y querer luchar por hacer de las casas de la Chile, “espacios donde jóvenes que no cuenten con los recursos, tengan las mismas oportunidades”. Matías plantea algo en la misma línea desde el Paulina Starr, quien quiere un espacio “donde las generaciones futuras lleguen y tengan las garantías de ser recibidos con lo mejor que se pueda y tenga la U para darles. Un lugar donde puedan encontrar nuevas ideas y pensamientos, en el que se formen no solo de manera académica, sino que personal”, concluye.

 

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