Reconocida como una de las mejores casas de estudio dedicada al ámbito de las artes y las humanidades, la Universidad Arcis es de esas pocas instituciones privadas que lleva con orgullo la vocación pública sobre sus hombros. Su inminente cierre pone en jaque el legado que construyeron aquellos que lucharon contra la dictadura y por años coparon sus salas. 

Por Javiera López, Ginluca Parrini y Antonia González
Foto por Manjo Pincheira

“La gran facultad que tenemos los egresados de la Arcis es que siempre logramos hacer muchas cosas con pocos recursos, y la razón de eso es que la universidad siempre tuvo muchos problemas”, recuerda Catalina Alarcón (27), egresada de Cine de la Universidad de Artes y Ciencias Sociales (ARCIS) durante el año 2012.

Durante ese mismo año comenzaron las primeras tomas, paros y movilizaciones que buscaron interpelar a rectoría por el presupuesto e infraestructura de este alicaído emblema de la educación chilena. Con nostalgia, la actual productora ejecutiva del proyecto conocido como Mapa Fílmico de un País (MAFI) recuerda cómo el aprender a hacer mucho con tan poco, de un momento a otro, se hizo carne frente a sus ojos.

“El año que yo egresé vendieron todo el edificio de posgrado a la Universidad Bolivariana y, de pronto, ya no teníamos la sala donde se presentaban los proyectos de título de nuestra carrera. Todo el ambiente era medio caótico y de a poco se empezó a hablar de que la universidad iba a cerrar”, recuerda. 

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A diferencia de la gran variedad de instituciones que existen en la educación superior chilena, los muros de la U. Arcis están marcados por el pulso de la historia de las últimas cuatro décadas de nuestro país. Según el Centro de Investigación Periodística (CIPER), una "semana antes del plebiscito de 1988, un grupo de sus fundadores compuesto por Luis Torres Acuña, Franex Vera Hermosilla y Michael Weiss Egner, creó la Sociedad Educacional ARCIS Ltda’’. Esta entidad, en primera instancia, asumió el control de la institución en forma de instituto.

Sin embargo, fue recién en marzo de 1990 cuando la Arcis funcionó como universidad en las sedes de Huérfanos 1710 y 1724. Desde su etapa más temprana, este plantel sirvió como refugio intelectual para muchos profesores de la Chile o la Católica exonerados por la dictadura. Bajo esta estructura inicial, el establecimiento recibió con los brazos abiertos a influyentes docentes que, si bien fueron perseguidos por el régimen, no abandonaron la lucha y ejercieron un importante trabajo político dentro en la izquierda chilena del período.

En medio de la esperanza y búsqueda de una esquiva alegría, su composición académica atrajo el interés de muchos estudiantes que buscaban establecer una relación íntima con las áreas de las ciencias sociales y las humanidades. Sandra Beltrami, actual presidenta de la Federación de Estudiantes U. Arcis (FEUARCIS), señala que durante esa época era ‘’impensado enseñar de derechos humanos, movimiento sociales o marxismo, porque eran cuestiones totalmente censuradas”.

Para Beltrami, esos muros son importantes porque ofrecieron la oportunidad de volver a soñar. Con una voz ágil y fuerte, esta egresada de Derecho conoce la historia de su institución y no teme en contarla. Sin embargo, sus recuerdos sobre lo que ella denomina como un "ethos arciano" están empapados por el dolor del cierre y la quiebra de su casa de estudios.

Sandra menciona ese sello no sólo por su rol como representante de la vocería coyuntural dentro de la Confederación de Estudiantes de Chile (CONFECH) sino, por una experiencia que marcó su vida. "Yo fui madre muy joven, estudié con mis hijas en las aulas y eso es algo que nunca me produjo problemas. A mis hijas les gusta la U. Arcis, quieren estudiar ahí y no quieren que la cierren, porque cuando van se sienten como en su casa", declara.

El sabor de Libertad

En el campus Libertad, el ambiente que reina es la nostalgia y la melancolía. Es jueves y dentro de uno de los campus más emblemáticos de la institución, el silencio sepulta los ideales de antaño. El panorama es deprimente, y ahí, entre un kiosko que ya no funciona, mesas de ping pong sin jugadores y lienzos que claman volver a ser agitados por la masa estudiantil, Francisco Contreras se dispone a almorzar.

Este auxiliar de aseo habla de forma sincera. Trabaja aquí hace ya casi dos años y cuenta cómo su experiencia laboral en el plantel ha sido muy distinta a otras instituciones en las que ha trabajado. Contreras recorrió muchos lugares y para él, “la U. Arcis no es una universidad más". Por ejemplo, estuvo trabajando en la Universidad Católica durante algún tiempo y señala que ahí "no saludan a los auxiliares de aseo, no comparten con uno". En cambio, en la sede ubicada en Libertad él no era un desconocido.

"Yo no soy un trabajador ajeno a sus problemáticas, a su vida", comenta mientras la conversación fue interrumpida por el saludo de profesores que lo invitan a tomar un café. Con los años, "se produjo un fuerte lazo entre el trabajador, el profesor y el estudiante. A veces yo los iba a saludar y tenía la mano mojada y a pesar de eso, me la daban y decían que no importaba eso porque todos éramos trabajadores. Es una relación normal porque nadie se pasaba películas y nadie era más que otro. Todos éramos iguales’’, confiesa con honestidad.

Si durante algún período se sintió lejano a la decepción abundante entre sus pares que llevaban más años, con los meses se interiorizó en ese ánimo. Los sueldos impagos e incertidumbres transformaban la actitud de cualquiera. Sin embargo, y a pesar de esa situación, ellos nunca cambiaron su forma de ser con la comunidad y persistieron con el ánimo que los caracterizaba. Contreras asegura que todos los profesores y funcionarios “siempre fueron consecuentes y comprometidos porque su intención última era que los jóvenes terminaran sus estudios", finaliza.

El Arcis de Noé

Cuenta la leyenda que ese mismo espacio en el que hoy Francisco trabaja casi en solitario, fue distinto y estuvo lleno de anécdotas de famosos personajes de la historia chilena. Durante el año 1996, el escritor Pedro Lemebel besó en la boca, así sin más, a Joan Manuel Serrat, destacado cantante comprometido con las luchas sociales que resistían al olvido que experimentó Chile durante la transición.  

Tras una charla sobre literatura homosexual, la loca san miguelina creó el mito de la “Arcis de Noé”. Luego de ese encuentro fugaz y una tertulia con gran parte de la diversidad y disidencia sexual más asidua de la época, la Pedro pensó que esa universidad era distinta a las otras privadas post 81 de la época, era genuina.

Para Víctor Hugo Robles, más conocido como el “Che de los gay”, esta metáfora constituyó una de las “expresiones más nítidas de lo que era la Arcis”. El egresado de periodismo, ex funcionario de una de las bibliotecas y ex Secretario General del Sindicato de Trabajadores, recuerda cómo “en ese barco a la deriva, a pesar de no encontrar nunca su horizonte, tenía cabida todo tipo de animales y colores. En la Arcis era bienvenida la más completa diversidad ideológica, social, sexual y cultural. Lamentablemente, la Arcis de Noé terminó hundiéndose”, recalca.

Este irreverente militante, recuerda como tras la publicación de su tesis sobre la homosexualidad en Chile no encontró trabajo y fue esa misma comunidad arciana quien le extendió sus brazos.

“Claro, ¿quién le iba a dar pega a éste maricón que hacía arte? Ni en el canal Rock & Pop me dieron pega porque era una persona reconocida y militante homosexual. Fue la U. Arcis la que me rescató por segunda vez. En ese tiempo trabajé con Tomás Moulian y Nelly Richard en la Vicerrectoría de Extensión y Comunicaciones (…) y me di cuenta de la importancia que la universidad durante los 2000. En congresos latinoamericanos y con intelectuales se pensó la post dictadura y la reconstrucción democrática”, declara.

Y agrega, “al final de ese proceso de trabajadorterminé siendo secretario del sindicato histórico, lo que me obligó, a tomar posiciones mucho más aguerridas al interior de la universidad por todas dificultades que habían. Por el maltrato a los trabajadores tuve que enfrentarme incluso con amigos, con compañeros, con gente muy querida del partido comunista de mi amiga Gladys Marín”.

El bastión de los olvidados

Desde su nacimiento a su posterior declive, la Arcis actúo como uno de los últimos bastiones del pensamiento de izquierda en un Chile neoliberal y heredero de persecuciones, censuras y asesinatos.

Durante la década de los ochenta, muchos de sus alumnos sufrieron en carne propia el rigor de esos años de silencio. Beltrami recuerda como en su sala de clases tenía varios compañeros que se conocían desde los ex centros de tortura como Villa Grimaldi o Tres Álamos. “Si bien no se habían visto nunca, conocían sus voces porque habían estado en celdas separadas. No pocos debieron estudiar desde la clandestinidad: sin papeles, sin nombre; estudiante y calificaciones escondidos por igual”, señala.

La situación no fue muy distinta para los profesores que fueron parte de diferentes frentes armados como el MIR o el FPMR. Miryam Molina (57), egresada de Derecho, señala cómo las cátedras del cuerpo docente fueron abiertas y con altos niveles de participación. “Las discusiones dentro de los cursos estaban orientadas en gran parte al respeto sobre los derechos humanos y que uno aprendiera tanto del ramo como de la vida”, comenta.

Ese enfoque se justifica en gran medida debido a las experiencias de muchos de ellos en casos emblemáticos como la “Operación Albania” o también conocida como la “Matanza de Corpus Christi”. “Santiago Montenegro tiene una bala en la cabeza y hoy es uno de los pocos sobrevivientes de esa experiencia”, añade Sandra al describir la historia de uno de sus maestros.

Durante el 15 de junio del año 1987, la CNI atentó en contra de un centro de instrucción del Frente Patriótico Manuel Rodríguez en represalia al fallido atentado a Pinochet. En Varas Mena #417, la operación militar hirió a Montenegro en el cuello durante plena retirada y cayó herido al suelo.

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Hoy queda un sentimiento de nostalgia, de que la Arcis valía por su diferencia respecto al resto del sistema educacional chilena. Sus ex estudiantes, trabajadores y docentes agradecen la visión crítica y las entrañables memorias que les otorgó este espacio ¿Pero fue ese espíritu el que la hizo caer o nuevamente las malas decisiones políticas y económicas son las responsables?

El cierre de la U. del Mar, las irregularidades de la U. Gabriela Mistral y la UCINF, los sueldos impagos en la Iberoamericana y ahora, el inminente cierre de la U. Arcis son ejemplos del abandono del Estado y el arbitrio del mercado en materia educacional. Hoy, se acaba un espacio que resistió a sus golpes, pero su gente tiene conciencia, memoria y convicción para dar la pelea al sistema desde sus disciplinas.

"La educación en Chile pierde un foco artístico e intelectual que tenía una gran libertad en términos creativos. No sé si todas las universidades lo tienen, pero la Arcis tenía un empuje para que nosotros fuéramos estudiantes con capacidad creadora independiente y social", finaliza Catalina Alarcón al hablar del lugar que le enseñó tantas cosas y que, tras una deuda de más de 8 mil millones de pesos, un administrador provisional que compareció sin abogado el proceso judicial para evitar la quiebra y un abandono total por parte del Ministerio de Educación, deberá cerrar sus puertas para siempre.

Publicado en RBP #81 Mayo - Junio 2017

 

 

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