La política es un camino que muchas veces resulta peligroso para las personas que se agrupan en pos de un ideal, puesto que deben enfrentarse a los límites del sistema. Este camino es aún más complejo para las mujeres, quienes históricamente han estado relegadas a segundos planos y al momento de organizarse no sólo viven la violencia por parte de la institución, sino que también de parte de las mismas agrupaciones donde militan.

Por Camila Pérez, Michelle Martínez y Christopher Jerez
Fotografías por Camila Pérez

El referente más claro de lo que implica ser mujer y disputar espacios políticos es el caso de Macarena Valdés Muñoz (32), activista opositora al proyecto hidroeléctrico de la transnacional RP Global, en el territorio de Tranguil, región de Los Ríos.

Valdés decidió dejar el caos de Santiago para irse a vivir al campo y tener una vida tranquila cerca de sus raíces. Desde su llegada, “La Negra”, como le decían sus cercanos, participaba activamente de las acciones del movimiento mapuche de la zona. A través de “Newen Tranguil”, una comunidad en resistencia ante la invasión hidroeléctrica extranjera actuó en cortes de caminos y manifestaciones que buscaban impedir la instalación del proyecto energético.

La activista siempre estaba presente. “Era un weichafe (guerrero) más, que tenía que dar la pelea”, comenta Rubén Collío, su compañero, respecto al rol de Macarena en esta lucha socioambiental.

El 22 de agosto de 2016, "La Negra" fue encontrada sin vida por sus hijos. La familia asegura que la asesinó la empresa, sin embargo, Carabineros calificó su muerte como un suicidio. Para el werken, el amedrentamiento es claro.

Los Collío - Valdés habían recibido amenazas por su participación en la causa. Por esta razón ellos reafirman su tesis de que Macarena no se suicidó, sino que la mataron. Incluso la autopsia que le realizaron fue cuestionada por Luis Ravanal, médico máster en Medicina Forense, quien aseguró que el procedimiento fue incompleto y no se podía determinar si la muerte fue producto de una acción de tipo homicida o suicida.

Ante esto, Rubén presentó una querella criminal contra quienes resulten responsables de la muerte de Macarena. Hoy, esa investigación aún no ha determinado nada, incluso estuvo a punto de cerrarse, pero la insistencia de la familia contribuyó a que siga en pie.

Macarena tenía una vida que resistía a la cultura dominante. Una de las actividades que promovía eran talleres de mapudungun y clases de nivelación de estudios para vecinos que no habían terminado su escolaridad. “Toda la gente que llegaba a nuestra casa eran contactados por “La Negra”, ella era quien convocaba a la gente”, expresa Collío.

Su trabajo, convicción y tenacidad convirtieron a Valdés en un obstáculo para el sistema, al igual que todas las mujeres que día a día se rebelan ante las determinaciones económicas, educacionales y sociales en donde el patriarcado tiene sus raíces sentadas.

Machismo universitario

Macarena Valdés es el ejemplo de que la violencia machista golpea a las mujeres en todos sus frentes. Sin embargo, en una realidad un poco más lejana, entre asambleas, reuniones y militancias se desarrolla la política universitaria, espacio marcado por dinámicas que no están exentas de machismo y brechas de género al momento de organizarse y hacer política.

Diversas denuncias sobre prácticas patriarcales en la conducción y a la interna de distintos colectivos de izquierda han tenido lugar en el último tiempo. La Juventud Rebelde (JR), la Unión Nacional Estudiantil (UNE), el colectivo feminista “Pan y Rosas”, entre otros, han sido cuestionados públicamente.

Constanza Bohle, ex presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad Técnica Federico Santa María (FEUTFSM) fundamenta que la violencia se presenta en acciones tan cotidianas como la invisibilización de las posturas de las compañeras. Para la dirigenta, hacerse lugar en distintos espacios políticos no ha sido sencillo.

“Como presidenta de la federación, no me consideraban para espacios de cuerpos colegiados o tenía que pelear mucho para participar. Mientras que el presidente del otro campus siempre estaba considerado”, relata la estudiante de Ingeniería Comercial.

En el mismo plano, para la ex militante de la JR, Sofía Brito, esa invisibilización se puede ver reflejada en las pocas mujeres en la dirección de las distintas organizaciones. A este antecedente, la estudiante de Derecho suma lo que se define como masculinización del liderazgo. “Si querías ser una dirigenta, tenías que masculinizarte, dejar tus sentimientos de lado, tu feminidad, tu posibilidad de llorar frente a tus compañeros”, expresa Brito.

En la misma línea, la militante de las Juventudes Comunistas (JJCC) y Secretaria General de la FECh, Matilde Méndez expresa que hace muy poco “había espacios reservados para hombres. Por ejemplo, las mujeres tomaban acta o en las asambleas no hablaban más de tres mujeres. Cuando hubo presidentas en los centros de estudiantes, se señalaba que había un hombre detrás viendo todo”, cuenta la estudiante de Diseño.

Otro aspecto en el que las mujeres deben resistir es en la lucha contra la cosificación e infantilización. Sofía Barahona, presidenta de la FEUC y militante de Nueva Acción Universitaria (NAU), vivió esto en carne propia durante su candidatura a la federación, cuando se difundió la consigna “una paja, un voto” en relación a ella.

Barahona está pronta a terminar su labor en la FEUC, pero planea quedarse en el mundo de la política puesto que aún quedan muchas deudas respecto a las temáticas de género. “En torno a relación con autoridades, a veces te tratan de ‘hola, niñita’, en lugar de llamarte por tu nombre y también en esos espacios cuestionan tu físico y tu forma de vestir. Es súper duro, porque a un hombre en esas instancias formales nunca se les cuestiona cómo se ven”, ejemplifica la dirigenta.

Sobre lo mismo, Sofía Brito cuenta que “en contexto de elecciones, tenías que ponerte faldita para ir a juntar votos. Siempre éramos las niñas las que teníamos que hacer eso. Era muy violenta la cosificación del cuerpo en pos de supuestamente una lucha mayor, como ganar un centro de estudiantes o una federación”.

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A inicios de este 2017, un grupo de doce mujeres militantes de la JR denunciaron a la organización por prácticas machistas que contemplan invisibilización, menosprecio, golpes, abusos y violaciones al interior de la organización. Sofía Brito fue una de las denunciantes y luego de una segunda desilusión con el colectivo “Vencer” por un caso similar, hoy mantiene trabajo de género y apoyo sindical lejos de la militancia. Para Brito, lo feminista tiene que figurar en todas las dinámicas de la organización y no solo “en el papel”.

Por su parte, Constanza Bohle dejó la UNE a fines del 2016 levantando una crítica a la centralidad en la toma de decisiones, a la falta de disposición para trabajar temáticas de género y la poca seriedad en el trato de los casos de acoso/abuso. Tanto Brito como Bohle acusan la puesta en cuestión de sus testimonios y amedrentamiento por parte sus exorganizaciones.

Para estas activistas es momento de que las luchas feministas y de género dejen de verse subyugadas a otras. “Para muchos, la lucha contra el capitalismo es más importante que la lucha contra el patriarcado”, sentencia Brito.

En una reflexión diferente y sin criticar a las compañeras que desisten de organizarse en colectivos políticos, Matilde Méndez argumenta que “no es lo correcto que yo me reste de estos espacios de militancia porque haya hombres que cometen faltas. Ellos son los que tienen que restarse. No debemos ser las mujeres las que restrinjamos nuestra acción política”.

 

Más mujeres en los espacios de poder

La realidad vivida a la interna de la política universitaria pareciese ser herencia de la política institucional y su inequidad respecto al género. La desigualdad entre hombres y mujeres ocupando altos cargos públicos cimientan parte de la violencia en el ejercicio político universitario.

Si bien, esta discriminación se viene cuestionando desde hace más de 20 años, recién se tomaron cartas en el asunto en el año 2006, durante el primer gobierno de la presidenta Michelle Bachelet. Ese año, parlamentarias y feministas alzaron la voz para incluir mujeres a la Comisión Boeninger, un grupo de nueve hombres encargados de generar una propuesta al sistema binominal de elecciones.

Gracias a esto, las cientistas políticas María de los Ángeles Fernández y Marcela Ríos entraron la comisión. Esta última siempre persiguió un objetivo claro: aumentar la participación de mujeres en el Congreso. En 2015, las ideas de Ríos se verían materializadas en un avance histórico en la reforma al sistema binominal: la aprobación de ley de cuotas de género.

Gracias a la implementación de esta medida, actualmente, "ningún sexo puede superar el 60% de candidatos en la nómina de cada partido que postula a elecciones". La sanción es que, si no se cumple con el límite, se rechazan todas las candidaturas del partido; mientras que el incentivo consiste en un mayor aporte fiscal a los partidos en función de las mujeres que resulten electas.

Si bien la baja representación de mujeres se ha ido revirtiendo tras el retorno de la democracia, según un informe realizado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), se evidencian cifras alarmantes de discriminación hacia la mujer, como, por ejemplo, que en toda su historia el Tribunal Constitucional cuenta sólo con un 3,8 por ciento de participación femenina, es decir, sólo 2 mujeres de un total de 52 ministros.

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Pero la violencia, la censura y la subestimación a las mujeres en los espacios de toma de decisiones es algo que se vive más allá de los tribunales o las asambleas universitarias. Doris González ha tenido esto muy presente durante su lucha por el derecho a la vivienda, representando a las y los pobladores de Estación Central, como vocera de Ukamau.

En 2016, este movimiento logró que el Servicio de Vivienda y Urbanismo expropiase un terreno que originalmente era propiedad de la Empresa de Ferrocarriles del Estado. Ayudados por un subsidio, las familias lograron juntar el dinero para comprar el sitio y levantar la construcción de 424 viviendas sociales de 62 metros cuadrados con una plaza central.

Sin embargo, el proceso se vio ralentizado por una serie de exigencias del Serviu, lo que le significó a Doris más de un enfrentamiento con la municipalidad y organismos gubernamentales. “Todos los directores con los que entablé negociaciones son hombres. Han sido bastante pedantes y han utilizado su poder para humillar, no solo a mí, también a mis compañeras. Eso solo nos hace tomar posiciones aún más duras como pobladoras y dirigentas”, relata.

Doris consideró que era necesaria una mejor representación en los espacios de poder institucional y después de una serie de candidaturas fallidas levantó junto a Ukamau una apuesta que busca llevar a los pobladores a las elecciones del distrito 8 que reúne a las comunas de Estación Central, Maipú, Cerrillos, Pudahuel, Quilicura, Colina, Lampa y Til Til.

De cara a nuevas elecciones parlamentarias, tanto Doris como Marcela Ríos se muestran optimistas con los efectos que tendrán sus propuestas en la práctica. El Frente Distrital 8 viene a consensuar candidaturas parlamentarias entre pobladores y pobladoras. La ley de cuotas, por su parte, dará más posibilidades para que las mujeres lleguen a los espacios de poder.

Va revertir el sesgo que existe en los partidos y, además, les permite a las mujeres competir. Va a aumentar el número de mujeres en el Congreso y hay evidencia internacional, específicamente en Costa Rica y Argentina, que cuando hay más mujeres en el espacio de toma de decisiones, también hay diferencia en el tipo de leyes que se aprueban. Hay temas en los que las mujeres pueden aportar con perspectivas distintas: el aborto, la violencia de género, las violaciones, la tuición, el divorcio, las pensiones, las jubilaciones y eso luego tiene un efecto en el contenido de las leyes, es algo que ya está comprobado”, finaliza Ríos.

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A través de los distintos testimonios es palpable que el patriarcado invade todos los frentes políticos y de desarrollo organizacional. “Se hace súper necesario entender cómo articular la lucha de los oprimidos y explotados en todas sus aristas. Sin menospreciar ninguna lucha, ya sea las luchas contra el patriarcado, contra el colonialismo, contra el capitalismo, porque todas ellas tienen una potencia muy importante”, fundamenta Sofía Brito.

El caso de Macarena Valdés es un episodio donde el machismo se hace carne. Como consecuencia, las manifestaciones y exigencias de justicia luego de su muerte han forjado un movimiento que pide justicia. De este modo, se creó la “Coordinadora Justicia para Macarena Valdés”.

Loreto Contreras, periodista de la agrupación argumenta que a Valdés “la asesinaron por ser ‘la mujer del Collío’, lo que evidencia una lógica súper machista. Al matar a la madre y a la esposa buscaban quebrar una familia y lo hicieron, pero no se esperaban la reacción de Rubén. No consideraron que cuando hay injusticia, quienes son movidos por nobles ideales son capaces de trascender el ego en busca de cambiar el estado de las cosas”, finaliza.

PUBLICADO EN RBP #83 SEPTIEMBRE - OCTUBRE

 

 

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